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A prueba de fuego

La más reciente obra del escritor español Javier Moro está dedicada a la vida del arquitecto Rafael Guastavino, quien aunque dejó un legado de construcciones en importantes ciudades de Estados Unidos y España, su reconocimiento le llegó tarde

  • PorMariela Sagel, 22 de enero de 2021, Vida y Cultura, La Estrella de Panamá

Javier Moro ha visitado Panamá en dos ocasiones para presentar sus libros.

El último libro del escritor español –tan querido en Panamá, donde ha estado en dos ocasiones presentando sus libros– Javier Moro, «A prueba de fuego» da una vuelta de tuerca a sus historias de sucesos históricos («Pasión india», «El imperio eres tú», «A flor de piel») o las vidas de personajes que eran conocidos, como Sonia Gandhi en «El sari rojo» o Conchita Montenegro en «Mi pecado». Y se lo dedica a su tío Dominique Lapierre, con quien escribió «Era medianoche en Bhopal» en el año 2001.

En este libro, Moro se ocupa de un arquitecto valenciano que es casi desconocido en el mundo, Rafael Guastavino, y de su hijo, que es la voz que narra toda la novela. Para muchos será un libro muy técnico, porque describe con una precisión milimétrica la forma revolucionaria que, a partir de los años 80 del siglo XIX, este arquitecto llegó a New York detrás del sueño americano, y cómo triunfó deslumbrando con sus técnicas de bóvedas tabicadas, construcción cohesiva y estructuras ignífugas. La vida de este “arquitecto de Nueva York” como se le llamó a partir de 1970 fue fascinante, porque tenía una energía y una inventiva como ninguna, pero también una vida desordenada como nadie.

Sus primeras obras las había realizado en Barcelona, donde se había casado con una prima y tenido tres hijos. Una de las mayores debilidades de Rafael Guastavino eran las mujeres y eso no lo libró de meterse en muchos líos. Era un consagrado violinista también, con una familia con la que mantenía contacto a pesar de que nunca volvió a España desde que se marchó. Tenía dos hermanos curas en La Habana, tres hijos de su primer matrimonio que emigraron a Argentina, junto con la madre, y uno de su segunda unión. Al final estuvo hasta el último día de su vida con Francisca, una aguerrida mexicana que en cierta forma lo doblegó.

Rafael Guastavino era capaz de regalar su trabajo con tal de que se construyera; sus obras son emblemáticas en Estados Unidos, aunque también realizó algunas en Barcelona. Empezó como dibujante o maestro de obras, muy joven, hasta que obtuvo, por validación, el título de arquitecto.

La vida de Guastavino no estuvo exenta de los vaivenes de la economía que se daba en esos tiempos, varias veces se fue a la quiebra y de todas se recuperó. Era un desastre con los números, sus cálculos nunca eran acertados. Gracias a la lealtad de un vaquero que encontró en alguna de sus construcciones, muy acucioso en los números, logró dejar un legado monumental a cada uno de sus descendientes.‘A prueba de fuego’

Su hijo Rafaelito, que se quedó con él en New York cuando la madre los abandonó, con apenas ocho años, era su compañero en todas las obras que emprendía, a excepción de un par de años en que estuvo con una familia al norte del estado de Nueva York donde aprendió muy bien inglés. El niño no tuvo infancia, a temprana edad el padre lo dejaba encargado de obras magníficas. A Guastavino se le atribuye haber construido, en el método que él patentó como Guastavino System, 360 edificios en la ciudad de New York, un centenar en Boston, otros en Baltimore, Washington, D.C., y Filadelfia. Su retiro final, en Carolina del Norte (Black Mountain), donde está enterrado junto a Francisca, su mujer mexicana, se considera un distrito histórico.

Javier Moro

Intrigada y todavía embriagada de la lectura de este libro, tuve una larga conversación con el autor, que vive en Madrid. Le pregunté cómo es que esta historia (según él mismo dice) estaba bajo su investigación desde 2016. Recuerdo haberlo visitado en febrero de 2015 en su departamento de la calle Serrano cuando el gobierno de India lo reivindicó y acababa de regresar de ese país de firmar no sé cuántos contratos para editar su libro, «El sari rojo», que es la historia de Sonia Gandhi. Los indios, sin siquiera leer el libro (publicado en 2008) lo condenaron, fotos suyas fueron quemadas junto con los libros. Ellos pensaron que en el libro despreciaba a la líder del partido del Congreso, esposa de Rajiv Gandhi y nuera de Indira Gandhi, pero era todo lo contrario, Moro la trata muy bien, destaca que, si bien no era una aristócrata como su marido, era una italiana que estudiaba en Londres donde se conocieron y ensalza su dedicación al matrimonio y a su país de adopción. Justo en la fecha en que lo visité, el Gobierno de India había cambiado y ya no era el partido de los Gandhi, así que fue su momento de mostrar la maravillosa obra que es «El sari rojo».

Estaba preparando en ese momento «A flor de piel», la historia de la expedición Balmis que erradicó la viruela en las Indias, como le llamaban los españoles a nuestro continente. Después publicó «Mi pecado», que ganó el premio Primavera en 2018, y hasta ahora es que nos entrega este valioso testimonio de un valenciano cuyo reconocimiento como gran arquitecto le llegó tarde, pero que se codeó y trabajó para personalidades muy importantes. Varios años macerando la historia e investigando.

Las referencias a la ciudad de Nueva York y Boston son tan vívidas que uno siente que está recorriendo de la mano de Javier todas estas obras de arquitectura. Guastavino era invitado a dar conferencias sobre su revolucionaria técnica de las bóvedas tabicadas en el Massachussets Institute of Technology (MIT), la universidad tecnológica más importante del mundo, así como en otros centros donde se impartía la materia de estructura (sea ingeniería o arquitectura) y siempre era un problema porque nunca aprendió a hablar bien el inglés, era tan impulsivo que quería mostrar él mismo los cálculos, la conferencia la dictaba su fiel contable y su hijo, que llegó a ser su intérprete, pero el público quedaba sorprendido, confundido, pero maravillado por la grandiosidad de lo que exponía.

“Las referencias a la ciudad de Nueva York y Boston son tan vívidas que uno siente que está recorriendo de la mano de Javier todas estas obras de arquitectura”.

Otro de los temas que conversé con Javier es cómo manejó tan notablemente los términos arquitectónicos y de construcción, y me explicó que se hizo asesorar por una pareja de arquitectos valencianos “guastavinistas”, además de una pila de especialistas tanto en España como en Estados Unidos que le brindaron todas las guías para entender los entresijos de la desbordante creatividad de Rafael Guastavino.

De las más importantes obras que dejó está la cúpula de la iglesia de la Santísima Trinidad, la Biblioteca de Boston, la casa del elefante del Zoo del Bronx, la estación del metro de City Hall, la sala de registros de Ellis Island (donde llegan todos los inmigrantes y es hoy parte de un museo), la Penn Station original, como fue construida e inaugurada en 1910 y que se consideraba única no solo en Estados Unidos, sino en el mundo entero, magnífico exponente del Beaux Arts; el restaurante Oyster Bay también en Nueva York; el pabellón español en la exposición Mundial Colombina de Chicago de 1893 (que fue visitada en su inauguración por Thomas Edison, Búfalo Bill, Houdini y Nicolás Tesla y 27 millones de personas en seis meses) dedicada a los 400 años de la llegada de Cristóbal Colón a América; varios templos con bóvedas impresionantes, la catedral de San Juan el Divino en Manhattan. En España dejó su huella en la fábrica Batlló y el Teatro de La Massa, pues había observado muy acuciosamente la construcción de la Lonja de la Seda en Barcelona. Fue el precursor de Antoni Gaudí en el uso de los azulejos estilo trencadís.

Pero «A prueba de fuego» tiene un mensaje más profundo que la creatividad de un arquitecto a quien la historia no le ha dado su lugar, pero sí sus obras, y es el amor a toda prueba que le tuvo a su familia, a la que nunca dejó de ayudar, a pesar del desastre que era su vida. Sobre todo, entre altibajos, el vínculo “a prueba de fuego” que tuvo con su hijo Rafael Jr. que le sucedió en la empresa y preservó la excelencia e imbatibilidad del sistema Guastavino.

“Las amistades y los amores son temporales; el amor de un padre hacia su hijo, y viceversa, es eterno porque se manifiesta mucho después de la muerte de ambos, en lo que han puesto en marcha mientras vivían y cuyo eco resuena en el tiempo”.

*El pintor Juan Carlos Marcos, argentino que reside en Panamá, tuvo una estrecha relación con un artista de apellido Guastavino que era, sin duda, descendiente de uno de los tres hijos del arquitecto y así lo registra en su libro «Billete de ida».

‘Como polvo en el viento’

La más reciente novela del cubano Leonardo Padura aborda el fenómeno de la diáspora cubana a través de una historia de amistad, compañerismo y cofradía sin límites. Una obra en la que se supera a sí mismo

  • PorMariela Sagel, 15 de enero de 2021

‘ Como polvo en el viento’

El título del último libro de Leonardo Padura hace alusión a la canción de la banda Kansas, que se hizo famosa en 1977. Esta banda de lo que llaman “rock progresivo” no duró mucho tiempo junta, pero sus grandes éxitos han perdurado. Durante el desarrollo de la novela, en varias ocasiones se hace mención, en inglés, a “Dust in the Wind”.

«Como polvo en el viento» es un libro extraordinario, que aborda de manera franca y sin medias tintas el fenómeno de la diáspora que se ha dado en Cuba como resultado del gobierno que está en el poder desde hace 61 años. Es de las pocas veces que Padura, un escritor famosísimo a nivel mundial pero que vive y escribe en Cuba, trata los múltiples factores que obligan a los cubanos a emigrar, y las vicisitudes que tienen que pasar para lograr salir de la isla y sobrevivir en los lugares donde se dirigen. Es, además, una historia de amistad, compañerismo, de cofradía sin límites, que te va envolviendo de manera que no sabes por dónde va a resolverse la trama.

Clara vive en una casa de las que todavía quedan en La Habana, señorial, amplia, en el barrio de Fontanar. Ella es también el imán de la cofradía que en torno a su figura se aglutina el llamado Clan: Irving, Joel, Elisa, Bernardo, Darío, Horacio, Fabio, Liuba y algunos que entran y salen por circunstancias imponderables, como Walter y Guesty. Padura no solo demuestra con esta imprescindible historia su maestría en el manejo del lenguaje, aun del coloquial (no se mide en las expresiones que son muy típicas de los cubanos). Es una historia redonda, blindada, por donde no sale ninguna grieta que resquebraja la entelequia con la que está construida.

El Clan se ha ido dispersando por la decisión de algunos de emigrar para poder ejercer su profesión con una mejor remuneración, y la desaparición de otros por motivos que al final se conocen, pero que mantienen todo el tiempo la tensión sobre lo que desencadenó la búsqueda de la verdad por parte de una de las descendientes del Clan: una foto de Facebook tomada en los años 90’s. Padura logró la fama con una serie de historias del detective Mario Conde, que fueron aglutinadas en la serie para televisión ‘Vientos de La Habana”.

Son muy interesantes los relatos que se leen sobre el difícil “período especial” que le tocó vivir a Cuba cuando la Unión Soviética cayó, así como la ejecución de miembros de las fuerzas armadas, un año antes, por estar involucrados en tráfico de drogas. Pero lo más interesante es el peregrinaje que hace Adela, una neoyorquina que se ve de repente ante la disyuntiva de no saber quién es su padre o los antecedentes de su madre. Adela decide, después de aspirar a estudiar en Columbia University, irse a Miami a estudiar en una universidad de ese estado, contra la furia de su mamá, Loreta. A pesar de ser cubana, Loreta no quiere por nada del mundo que su hija se codee con cubanos, y menos exilados. Y como en la vida no existen las casualidades, allí coincide con Marcos, un cubano recién llegado que la flecha y con quien se va a vivir a Hialeah, para aumentar el disgusto de su madre.

Pero lo que se desata de esa unión es una avalancha que se remonta a más de 20 años, cuando el Clan estaba unido y extrañas circunstancias lo fueron dispersando, algunos para no volver a saberse de ellos y la mayoría, desde lejos, apoyando a Clara con envíos de dinero para que sobreviviera la carestía que fue típica de esos años del “período especial”.‘ Como polvo en el viento’  Foto tomada en su reciente visita a Panamá

Leonardo Padura

Este escritor cubano, que se hizo famoso con su serie de Mario Conde, un detective medio borrachín y simpático, se ha ido conociendo en los últimos años por sus magníficos libros como «La novela de mi vida», «El hombre que amaba los perros» y «Herejes», entre otros, y la más reciente reedición, con una entrevista a Rubén Blades, de «Los rostros de la salsa» que presentó en Panamá en febrero del año pasado, justo antes de la pandemia.

La serie policial de Mario Conde la coronó con «La transparencia del tiempo» y las novelas anteriores dieron lugar a una serie de televisión y de Netflix llamada “Vientos de La Habana”, que protagonizó a Mario Conde el actor Jorge Perugorría, el de Fresa y chocolate. Esas novelas detectivescas recibieron el premio Café Gijón, el Dashiell Hammett, el Premio de las Islas y otros. Por la totalidad de su obra, Padura recibió el premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015. «El hombre que amaba los perros» fue premiada tanto en Cuba como en varios países y trata del asesino de León Trotsky, Ramón Montaner. «Herejes» recibió el premio de Novela Histórica ciudad de Zaragoza en 2014.

Con este libro, hecho de retazos de evidencias que ha ido recogiendo a lo largo de su vida, rinde un canto a la amistad, a los invisibles y poderosos hilos del amor y las viejas lealtades. También al béisbol, del cual es un hincha confeso. Es una novela deslumbrante, un retrato conmovedor y otra obra cumbre en su trayectoria. En las notas y gratitudes aclara que debe leerse como novela, aunque los acontecimientos a los que hace referencia ocurrieron en la realidad, pero su presencia en la novela está asumida desde la perspectiva de la ficción. Los personajes están inspirados en individuos reales, pero sus biografías son ficticias. Los lugares por donde transcurre la historia, desde Hialeah hasta Tacoma, en Estados Unidos, y el barrio habanero de Fontanar existen, pero el escritor se ha tomado la licencia de modificarlos para los fines de dramatizar el relato, lo mismo que ocurre con algunas escenas donde emerge el Padura chistoso, que nos dobla de la risa con sus ocurrencias.

De él han dicho que “tiene un maravilloso sentido de la narración, y construye las historias de manera muy seductora, con un estilo extraordinario” así como que “es el mejor escritor contemporáneo de su país y uno de los más importantes de Hispanoamérica”. En ‘Babelia’, de El País, Carlos Zanón ha dicho que “es un magnífico creador de personajes verosímiles, complejos, en especial los de suma fragilidad”.

Para algunos de los diez capítulos que componen la novela ha escogido frases de escritores y personajes famosos, como para el primero, titulado “Adela, Marcos y la ternura”, en el cual pone una frase de Paul Auster … “nada era real, excepto el azar” en alusión a la circunstancia de que ellos se conocieran y se enamoraran. El quinto lo encabeza con la Tercera Ley de Newton “para cada acción, hay una reacción, igual y de signo opuesto”. En el séptimo titulado “La mujer que les hablaba a los caballos” refiere una frase de Paul McCartney “you are going to carry that weight…a long time”. Esa relación de Loreta con su caballo Ringo me recordó la película de Robert Redford The Horse Whisperer. Para “Los ríos de la vida”, capítulo 8, trajo a colación lo que Natalia Bolívar, antropóloga y autora de «Los orishas de Cuba» dice que “Elegguá tiene veintiún caminos y sus caracoles son veintiuno”. Para el noveno reproduce un canto de Ana Belén “sé que hay varios malheridos que esperan una señal, ¿Qué te puedo decir que no hayas vivido? ¿Qué te puedo decir que no hayas soñado?”. Y para el capítulo final, un extracto de la banda Kansas que dice “La misma vieja canción, es una gota de agua en un mar sin fin. Todo lo que hacemos se desmorona al suelo, aunque nos neguemos a ver, polvo en el viento, todo lo que somos es polvo en el viento”.

Finalmente, enternece, como siempre, su dedicatoria a Lucía, su mujer, de la que dice que no sería nada sin ella. Padura, con esta novela, se supera a sí mismo. Yo pensaba que «El hombre que amaba los perros» y «La novela de mi vida» era lo mejor de su producción, pero he caído rendida ante «Como polvo en el viento».