Archivo de la categoría: Los Carnavales

UN PAÍS QUE NADIE ENTIENDE

Por Mariela Sagel, El Siglo, 19 de febrero de 2018

Cada vez que puedo y que mis circunstancias personales me lo permiten, me voy fuera del país durante las fiestas de carnaval.  La razón es muy sencilla: detesto ver cómo la gente pierde sus cabales y se entrega a la sinrazón por cuatro días, se mojan unos a otros con agua que tanto necesitan algunas comunidades e ingieren licor sin control con la única excusa de que “esto ser los carnavales” como cantó Pedrito Altamiranda hace unos años.

Más estupor me causan los que viven un año entero preparándose para estos cuatro días, e incluso las autoridades locales donde se celebran estas fiestas se presentan impertérritas ante los medios alegando que si una, dos o tres tunas, como si no estuviéramos lo suficientemente enredados para escuchar estos insustanciales argumentos.

Es así que este año tomé mi avión rauda y veloz y, además del placer de conocer nuevos horizontes, pude profundizar en temas históricos que nos enaltecen el espíritu y mejoran el intelecto.  Pero como no en todos los lugares la población se entrega a la sin razón, el martes 13 de febrero, la juez Cooke de Miami le otorgó a Ricardo Martinelli libertad bajo fianza, lo que desató una serie de emociones, algunas de júbilo y otras de pánico, ante la posibilidad de que pronto ese deleznable individuo vuelva a Panamá a enfrentar la justicia.

Curiosamente, la cancillería, tan displicente que se ha mostrado para defender algunos temas que afectan al país y sus ciudadanos, reaccionó en forma expedita y solicitó revisar el fallo, lo que revirtió, al día siguiente, la decisión de la juez y deja “bien Cuida’o” al capo que nos gobernó por cinco años y nos robó hasta la forma de caminar.

Es preocupante que se haya dado este cambio de sentencia en tan pocas horas. La distancia no me permite analizar qué fue lo qué pasó.  Pero de qué hay algo raro, lo hay.  Ya me enteraré de las verdaderas razones del cambio.

 

LAS ARRUGAS DEL PAIS

Por Mariela Sagel, La Estrella de Panamá, 31 de enero de 2016

Panamá, que apenas supera en 12 años el siglo de haberse separado de Colombia, muestra arrugas imborrables, causadas por el mal manejo que se le ha dado a temas tan importantes como la salud, la educación, la cultura, el agro y, más recientemente, el manejo del eco sistema.  A mediados del mes de diciembre escribí un artículo para El Siglo señalando el hastío que me causaba que en todos los medios se le diera amplia cobertura a la disputa de las dos o tres reinas que tendrá el carnaval tableño, en medio de una región que agoniza por la sequía y donde las vacas se están muriendo y los cultivos perdiendo.  La reacción de algunas personas, incluyendo una destacada líder de la empresa privada, fue visceral: que yo desconocía las tradiciones ancestrales, que el carnaval era lo más importante para la región de Azuero y demás yerbas.  Me lo pusieron en Facebook y muchos ilustres desconocidos opinaron agriamente sobre mi posición, desconociendo aquello que se atribuye el sabio filósofo francés Voltaire: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. En ese mismo tenor se metió alegremente toda la comparsa de Calle Arriba y Calle Abajo a despotricar contra mí, personas que seguramente su oficio es pensar en el siguiente carnaval.

También recibí, en mi dirección de correo personal, amenazas temerarias y hasta incendiarias, metiéndose en mi vida profesional y personal, de ilustres desconocidos que defendían el derecho a la mojadera que se efectúa en los días de carnaval.  Mes y medio después, veo que desde el ministro de Desarrollo Agropecuario hasta líderes empresariales, religiosos y de opinión, llevan a cabo una fuerte campaña en contra de esos culecos que tanta agua desperdician mientras aquí mismo en la capital, hay personas que tienen que ir a un río a bañarse y no tienen acceso a un servicio básico de alcantarillado.

Faltando una semana para la fiesta que más gusta a algunos panameños, entre los que no me incluyo, sigue la polémica y pareciera que no importa que el resto del año tengan que comprar agua embotellada: los culecos van porque van.  Bien lo dijo el Ministro Arango: después no vengan a solicitar ayuda para la sequía y la mortandad del ganado.  Y digo yo, después no vengan a hablar de tradiciones ancestrales.

El tema del agua se está volviendo cada día más importante y más crucial para la sobrevivencia del país y sería un acto de responsabilidad y madurez el que se tomen medidas enérgicas para que no se derroche lo que no se tiene, aunque ello conlleve a que el gobierno pierda popularidad, lo que ya es irremediable, por todos los escándalos que a diario se están desatando.  La crisis severísima que atraviesa la Corte Suprema de Justicia, donde tres magistrados son señalados de andar paseando con los dineros nuestros, ahonda más el sentimiento de que no hay norte en ese órgano del estado, más cuando el mismo presidente de ese órgano del estado tiene varias acusaciones serias y a él pareciera que ni le importa, sigue tan feliz asistiendo a actos diplomáticos, a cuanta fiesta le invitan y la imagen de la corporación de justicia por el piso.  Nos hundimos más en el estercolero con la reiteración del magistrado acusador que reveló todo el entramado de corrupción que hay en el Palacio Gil Ponce, y seguimos pensando en carnavales.

Las intenciones de preservar el ecosistema son de la boca para afuera. El nuevo ministerio del ambiente no avanza en hacer valer el reto que se le presentó al crearlo y ahora se habla de privatizar el agua del lago Bayano, como una iniciativa “personal” del Presidente.  El nepotismo de algunos ministros es rampante y descarado, al punto que uno ha llegado a decir que los periodistas son esbirros de los medios para los que laboran.

No creo que exista tratamiento anti arrugas para este país que ya pasó los 100 años mientras otros rejuvenecen con el tiempo, porque son responsables de sus recursos.

LAS PRIORIDADES DE LOS TABLEÑOS

Mariela Sagel/El Siglo, 20 de diciembre de 2015

Desde hace algunas semanas se vienen ventilando en los medios de comunicación, especialmente en la televisión, una polémica que hay entre Calle Arriba y Calle Abajo y la Calle del Medio en las Tablas, que han amenazado con violencia a los que están en el bando opuesto.

Los que somos ajenos a estos menesteres vemos con estupefacción que en Las Tablas predomina una sequía rampante, las reses se están muriendo porque no tienen pasto que comer y las cosechas se están perdiendo.  Pero pareciera que lo único que le interesa a los moradores de ese lugar es si va a salir una reina, si van a salir dos o tres, y todo lo que tienen invertido en lentejuelas, canutillos, carros alegóricos, cohetes y demás banalidades.  El asunto no fuera tan preocupante si a diario no se ventilara este pueril e irrelevante diferendo en los medios masivos de comunicación, como si fuera la noticia más importante del día, cuando en el mundo están pasando cosas tan espeluznantes que podemos estar abocándonos a la tercera guerra mundial, y aquí ni nos enteramos. O que en Panamá juzgan el ex presidente prófugo y lo declaran en rebeldía.

Mario Vargas Llosa escribió hace unos años un libro de ensayos titulado “La Civilización del Espectáculo” donde señala que “La creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida.  Yo creo que el suicidio colectivo que estamos experimentando viene desde el tema de los carnavales hasta el asunto del fastuoso desfile de Navidad que costó $4 millones de dólares.

Habría que costear cuánto costó por persona el mentado desfile y cuánto representa el ingreso de los carnavales tableños versus invertir en teatros municipales o en el agro de las devastadas provincias centrales.  Enseñar a pescar o darles un pez, esa es la gran disyuntiva.

Conmemorando al Quijote en Carnaval

Lunes 23 de febrero de 2015

Una celebración tan banal como el Carnaval, que se llama así porque es la fiesta de la carne, ha sido el escenario para conmemorar el cuarto centenario de la primera edición de la segunda parte de la obra ‘Don Quijote de la Mancha’, del autor español Miguel de Cervantes.

El libro más emblemático de la lengua española se vio reflejado en escenas características de esta segunda parte, que se imprimió en 1615, más concretamente el 27 de febrero en Madrid.

Se mostraron escenas maravillosas en esta grandiosa recreación. Un don Quijote sobre su caballo Rocinante, rodeado de rayos de fuego, todos en forma mecánica, en forma de marionetas de madera, enfrentándose a imaginarios caballeros andantes o regalando una rosa a su damisela, Dulcinea.

También se vio a Cervantes escribiendo sobre una hoja sin fin y rodeado de libros con los que sueña y que giran en torno a su cabeza.

Sancho Panza no podía quedarse atrás, se le vio dando rienda suelta a su glotonería. Todo el esfuerzo fue posible por compañías de teatro y productores que se esmeraron en buscar la representación más vívida, y también la más alegre, del andariego de la Mancha.

Se incluyó la recreación de los diversos capítulos de este segundo libro y se hizo mano de títeres manejados por titiriteros en zancos.

Una verdadera obra de arte y al mismo tiempo una diversión sana y de altura para celebrar el carnaval.

Esto se verificó desde el 14 de febrero y culminó con el entierro de la sardina con todos los honores, en un pequeño ataúd y cargado por imponentes señores vestidos de capa y sombrero, al estilo del cuadro de Goya, que recorrió varias calles del centro, en alegre cofradía, igual que se hacía en el reinado de Carlos III en el siglo XVIII.

Una forma de respetar la historia, y al mismo tiempo enseñarla de una manera alegre, en la fiesta de la carne.

La fiesta de los panameños

Lunes 9 de febrero de 2015

Estamos en medio de la fiesta más importante del panameño, los Carnavales, en que la mayoría se contagia de una euforia casi delirante

Estamos en medio de la fiesta más importante del panameño, los Carnavales, en que la mayoría se contagia de una euforia casi delirante por cuatro días, y se olvida de los problemas del país, de por dónde anda el expresidente (a menos que aparezca por estos días saltando de cama en cama, como cuando estaba en campaña), del alza de la gasolina, de la electricidad y otros más acuciantes. Es como si le entrara a uno un sopor que hace olvidar o posponer todo.

Los Carnavales son una tradición que para muchos es obligatoria rendirle reverencia. Hay otros que, como yo, aprovechamos estos días para salir del país, hacer cosas más interesantes que tirarnos agua unos a otros y tomar desmedidamente, y ver otras realidades y otros horizontes. Cualquiera que sea la decisión que adoptemos, son días en los que hacemos un alto de nuestras obligaciones cotidianas y, estemos donde estemos, nos desconectamos de la realidad nacional.

Y es que esa realidad ha sido acuciante desde que inició el año. La captura de algunos funcionarios del pasado Gobierno, la estampida del expresidente que dice que va a regresar, pero no lo hace, y las órdenes de aprensión de varios otros –esperando que las autoridades judiciales se decidan a detener los grandes capos de los negociados— además del desfile de los que fuimos violados en nuestra intimidad, por medio de los pinchazos a nuestros teléfonos celulares, no ha dado sosiego a nadie, nos manifestemos o no.

Queremos ver, al final de todo, esta espuma que se ha levantado, los responsables del despilfarro y abuso de varios miles de millones de dólares, mal usados, que debieron solucionar muchas necesidades de las comunidades más pobres de nuestro país, algunas ubicadas dentro del área urbana, que ni agua ni alcantarillado tienen, mientras las luces de los rascacielos que ellos ven de lejos no se apagan ni de día ni de noche. Panamá es un país injusto y con una pésima distribución de la riqueza.

Incompetencia o picardía

MARIELA SAGEL 

 

marielasagel@gmail.com

El Siglo, 18 de febrero de 2013 —

A pesar de que los Carnavales de la City se anunciaban como que iban a ser ‘supicucu’ (pregón que se usaba en las décadas del 60 y 70 si Pedrito Altamiranda no me deja mentir), salí ‘en brisa’ de esta ciudad que se vuelve un vertedero de mal gusto y manifestaciones lúmpenes. Pero hasta donde me fui me enteré del zaperoco que se formó con la contratación del cantante Don Omar y la chambonada que se dio en torno a su presentación con varios cientos de miles de dólares de por medio.

Ahora, después de los pavos, todo el mundo habla de eso, y lo que es peor, hablan de los cantantes que vinieron en su auxilio a presentarse, de los cuales no solo no puedo acordarme, sino que no sabía que existían.

Poco es lo que he podido recabar de los descargos de un lado y de otro: que si el cantante recibió un jugoso adelanto -más del que cualquier panameño pudiera soñar-, que si no hubo contrato de por medio, aunque el más conspicuo de los promotores haya salido papel en ristre sin mostrar la firma. Que si el tipo hubiera cantado por menos de haber sido un concierto abierto y sin costo para el pueblo de la ‘city’ y no sé cuántas cosas más.

De más está decir que en este entierro no tengo ni quiero tener vela, porque censuro cualquier evento que organice la manida organización del Carnaval, que todos los años se lava la boca con lejía sobre lo que no va a hacer el próximo año, y vuelve y traba, pasa lo mismo al año siguiente.

Pero surge la pregunta del millón ante tantos desaciertos de ‘los mismos de siempre’ que están metidos en este berenjenal: ¿a quién se le cree? ¿A don Omar, que declaró que no vino porque no hubo contrato y que hubiera cobrado mucho menos que el cuarto de millón de dólares que le ofrecieron, o a los Show Pro y Salo Show? A fin de cuentas, es dinero del pueblo para el pueblo y la diversión, como las manifestaciones religiosas, no se le niega a nadie.

Pero, señores, esto es el colmo, no solo se han gastado una salvajada en desperdicios, sino que, encima, se roban las arcas del Estado enfrente de nosotros.

Lo peor que podemos hacer como país, según Simone de Beauvoir, célebre escritora y feminista francesa, es acostumbrarnos a los escándalos y encima no hacer nada.

Eslóganes de antaño

MARIELA SAGEL

opinion@laestrella.com.pa

La Estrella de Panamá, 3 de febrero de 2013 


La fiesta más importante de los panameños, como se repite incesantemente, es el carnaval. Que a mí no me atraigan particularmente no es óbice para que aprecie el fervor, la dedicación y hasta pasión que sienten la mayoría de mis compatriotas por estas celebraciones. Este año estarán dedicados a las celebraciones del Quinto Centenario del descubrimiento del Mar del Sur, como si realmente Vasco Núñez de Balboa hubiera descubierto el Pacífico, cuando nuestros indígenas gozaban de sus aguas desde mucho antes que pisotearan nuestras tierras los conquistadores que vinieron ‘con la espada y con la cruz’. Y también con otras cosas nada edificantes.

Este año, el delirio se conjuga con la coincidencia del inicio del año escolar, y los padres responsables se están asegurando comprar con antelación los útiles y uniformes de sus pelaos, antes que derrocharlo en guaro y campana. La selección de la reina se vio empañada por la declinación de la princesa, quien aseveró que la elegida no respondió adecuadamente a la pregunta que le hicieron y que ellas son las ‘embajadoras’ del país en determinado momento. Lo más lamentable es que la selección de la reina se realizó justo entre el día puente (7 de enero) que conmemoraba el 9 de Enero y esta fecha, y en ella se dio rienda suelta a la euforia lumpenizante de la que han hecho gala las autoridades, en desprecio no solo a la historia, sino a las manifestaciones culturales. No hay dinero para apoyar importantes actividades como la Feria del Libro y otras citas culturales importantes que elevan la educación del país, pero sí para derrocharlo en esos cuatro días de desenfreno.

Que los carnavales atraen turistas es un disco que está rayado y no vende. Más venden los carnavales del interior, que todavía conservan un poco de la tradición. No me imagino cómo harán para combinar este año lo del quinto centenario con el eslogan que se han traído por los pelos, supicucu, sin que la bola donde Balboa tiene su bota puesta no salga pateada como pepita de guaba, empujada por un chorro de agua que escupa un tanque cisterna en la Cinta Costera. Se debería conocer cuánta agua se desperdicia en esos culecos que arrojan escenas lamentables de mujeres en hot pants (#much hot) y hombres borrachos. Se estima que llegarán 21 mil turistas, pero cuántos de ellos van a ver realmente lo que es un carnaval está por verse. A la Feria del Libro entraron casi 100 mil personas y eso no fue incluido en las atracciones de la Autoridad del Turismo.

En cuanto al eslogan que están usando, no tiene 500 años como la historia del descubrimiento, pero es de la época que decíamos ‘a go gó’. Puede que nos estemos antecediendo al año que se nos viene encima y que las próximas celebraciones carnestolendas tengan un eslogan electorero, como el de ‘los locos somos más’. Nadie sabe qué rumbo va a tomar este país tan supicucu en el que vivimos.

Toda esta euforia precarnaval ha tratado de disimular los vergonzosos actos que protagonizaron los diputados esta semana para blindarse y poner en vigencia la ley anti tránsfuga, y así prevenir una estampida de los mismos que saltaron por conveniencia en este período. De igual forma, la vergüenza centroamericana que nos ha devuelto al foro del Parlacen, después que lo calificaran como una cueva de maleantes. Según el Proyecto Elites Parlamentarias Latinoamericanas (PELA), apenas 30% de los parlamentarios latinoamericanos ha militado en dos o más de un partido político. Debe ser que ese porcentaje refleja totalmente a Panamá.

Mientras tanto, se avanza en consensuar el Pacto Ético, con la reticencia de uno de los partidos más conspicuos en campañas sucias y negativas. Estaremos preparados para la peor de las campañas, bien supicucu.

Gol de carnaval

MARIELA SAGEL*

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 13 de marzo de 2011

Como la premura del gobierno de resolver la crisis que tenía en la Comarca Ngäbe era garantizar la celebración en un ambiente de aparente paz los carnavales, no se me quita de la mente la cara —cuya cabeza tenía entre las manos— de Monseñor Lacunza, como si pensara ‘con qué saldrá ahora este loco’. Y en su mejor estilo de birlibirloque el presidente dijo que derogaría la Ley. Lo dijo, y aún está pendiente, porque los diputados, como era de esperarse, se fueron a carnavalear.

Y en el mientras tanto, varios fueron los goles que quisieron meternos: el lunes de carnaval casi le dan una apurada salida del hospital a uno de los dos sobrevivientes de la masacre ocurrida en el Centro de Cumplimiento de Tocumen, salida que se había acordado previamente con los médicos que lo trataban en el Hospital Santo Tomás para después de los carnavales. Las razones eran de peso: sus padres no cuentan con las condiciones apropiadas para tratar un enfermo que necesita los cuidados extremos de un quemado, viven en una casa con piso de tierra y endebles paredes de zinc y la letrina está afuera y no tiene techo. Christian debe utilizar unas vendas especiales por más de un año para que la piel que le fue implantada le cicatrice sin que se le produzcan queloides. Lo más sospechoso del amago de salida fue que lo querían sacar por la puerta de atrás y llegó una tropa de policías que parecía iba a reprimir una manifestación, armados hasta los dientes. Entre los abogados, los padres y los que apoyamos a sus familiares logramos detener esa acción. Este joven era el único que no había declarado y la reconstrucción del caso se inicia el día de mañana 14 de marzo.

Pero así como nos quieren meter goles por todos lados, metimos uno que nos divirtió mucho. Hicimos una comparsa de protesta en el desfile del Carnaval de la City, el martes en la cinta costera. Remitimos a la Autoridad de Turismo una carta, con el nombre Ñagare (que quiere decir ¡no! en lengua Ngäbe) solicitando participar en el desfile. Todos pensaron que después de los graves acontecimientos del 26 de febrero y la brutal represión que detuvo a más de quince personas en la capital, varios en el interior y concluyó con la deportación de Paco Gómez y Pilar Chato, íbamos a desistir de la idea de hacer la comparsa de protesta. 

No fue así y pusimos más entusiasmo y empeño en llevarla a cabo. No puedo decir que no tuvimos miedo, tuvimos pavor. Algunos se bajaron en el camino, otros se sumaron, recibimos donaciones de telas, el vestido de la reina y el dinero que costeó toda la utilería que se usó. Los creativos muchachos hicieron tambores de los tanques de pintura y Espacio Común, el mítico lugar que creó Paco Gómez Nadal, se convirtió en un taller de sueños, de libertad y de justicia.

El día martes nos vestimos de negro y cada uno se colocó una máscara atrás que había sido pintada por uno de los talentosos artistas, que manifestaban el luto y la tristeza que queríamos expresar. Resaltábamos los recursos naturales, que se ven amenazados por las leyes que quieren beneficiar a empresas extranjeras y usamos las pancartas que hemos hecho para todas las marchas y vigilias que nos han unido en una causa común: los jóvenes quemados en Tocumen, el irrespeto a los pueblos indígenas y la preservación de nuestro territorio en contra de la minería.

A pesar de la tensión y desorganización, estando registrados, aprobados y cada uno con su brazalete, nos dispusimos a participar, y por el desorden reinante, fuimos los primeros en salir. No niego que a lo largo del trayecto hubo un par de voces agoreras que nos abuchearon, pero la gran mayoría expresó su admiración por la creatividad y la valentía que habíamos tenido.

¿Demuestra esto que hay libertad de expresión? Eso quisieran muchos que dijéramos. Lo que hicimos fue meterle un gol a la autoridad que organizó los carnavales en su propia cancha, al punto que el propio administrador quedó sorprendido y extrañado. Espero que no le dé por botar a la funcionaria que aprobó nuestra participación. La próxima protesta será aún más creativa.

 

Otra vez pan y circo

MARIELA SAGEL*

marielasagel@gmail.com

La Estrella de Panamá, 6 de febrero de 2011

No acaban de resolverse los dos acontecimientos más dramáticos que en menos de seis meses han sacudido al país, que han dejado muertos y heridos e investigaciones inconclusas, y ahora, como maestros de birlibirloque, los conspicuos funcionarios del gobierno han volcado la atención en la celebración de los Carnavales en la ciudad capital.
Todos los años escribo sobre el mismo tema, independientemente de cuál gobierno esté en el poder. Desde los primeros carnavales que se celebraron después de la invasión, cerca de estas fechas señalo lo innecesario que es destinar recursos a esta celebración, que si bien es una fiesta tradicional del panameño, también es una que a la larga trae más lamentos que alegrías.

Este año debo mencionar también que no solo sería irresponsable celebrar los carnavales en la ciudad capital por el tema de la crisis del agua, que no acaba de resolverse, sino porque está ampliamente demostrado que, por lo menos los capitalinos, no atraen, como alegan algunos, turistas e inversión en beneficio de los nacionales.

Empecemos por evaluar la realidad de los desafueros de la carne (carnevale): las celebraciones que se organizan en el interior del país empiezan a planearse con un año de anticipación, recaudan dinero, organizan certámenes para escoger la reina o las reinas y cuando llegan los cuatro días de desafuero, ofrecen lucidos desfiles y disfraces. Las mínimas infraestructuras con las que cuentan los pueblos del país que tienen como centro de actividad estas fiestas que anteceden a la Cuaresma, hacen su agosto, como se dice en buen panameño, por la afluencia de nacionales y extranjeros que colman las vecindades, tanto para divertirse como para presenciar manifestaciones de cultura popular que, en muchas ocasiones, son magníficas demostraciones de talento y arte.

Desde que la organización de los carnavales en la ciudad volvieron a ser responsabilidad de las autoridades de turismo —y por ende, del gobierno— más nunca han repuntado para emular los ejemplares esfuerzos que hicieron en 1986 y 1987 los empresarios Ricardo Gago y Roberto Pascual. Y en fechas recientes, lo que han ofrecido los carnavales capitalinos da pena.

Además de deslucidos, han sido objeto de permanentes escándalos que nunca llegan a aclararse, de malos manejos por parte de los responsables que son designados de a dedo y que al final no rinden cuentas. Ahora, para agregar más a la ya deplorable situación que atravesamos los residentes en la capital, por el problema del agua que ya supera los 50 días, se insiste en no solo organizarlos de vuelta en el centro de la ciudad, sino en la Cinta Costera, esa obra de infraestructura que le ha dado lustre a la capital, como si no fueran suficientes los agravios que las últimas dos navidades le ha infligido el gran bufón del Hatillo.

La mayoría de la población que se traslada al centro de la ciudad vive en áreas retiradas de Panamá Este, léase las barriadas aledañas a la 24 de Diciembre. Lo más potable para todos, tanto los que participan en esos días de desafuero como para los que no nos interesa involucrarnos en ellos, sería hacer un ‘culecódromo’ donde lleguen todos los que quieran que les echen agua —que este año será turbia y seguramente, portadora de enfermedades y caldo de cultivo para infecciones— y que el resto de la ciudad disfrute de cuatro días de tranquilidad. En las noches, bien pueden organizarse bailes, como en las épocas de antaño, que los hoteles ofrecían bailes, con artistas de prestigio (donde seguramente en alguna ocasión cantó el hoy ministro de comercio su Preludio a la Destrucción).

Las estadísticas de turistas que llegan para esas fiestas apuntan a que sus intereses se orientan hacia los lugares del interior. Igualmente los artistas que vendrían serían de mejor categoría, si se les ofrece un escenario acorde. De lo contrario, lo que se presenciaría sería de total decadencia.

Panamá no está para tafetanes. Deberíamos iniciar una cruzada de luto por la muerte de los cinco quemados y todos los que cayeron en Bocas del Toro. También prevenir que caigamos con una plaga, como la tiene Haití. El Gobierno Nacional tiene una oportunidad de quedar bien, si toma una decisión responsable en este sentido.

Que siga la rumba

Ahora que todos pensábamos que nuestras vidas volverían a la rutina —los últimos dos años no hemos tenido una tregua en política— nos despertamos a diario con camarones, langostas y hasta escoltas que pretenden hacernos los días finales del mandato de Martín Torrijos unos de sobresalto.

Tal parece que los medios de comunicación y los diputados no quisieran que este año del Hidalgo —como le dicen en México— no pase sin que siga la rumba, llámese ésta los salarios de los diputados, el pago de escoltas a los presidentes de la Asamblea y, por qué no, la impunidad de Ingeniería Municipal ante el caos urbanístico que ha hecho que hasta el frente de la Avenida Balboa se colapse sin que aún se inaugure la Cinta Costera.

La batalla desatada contra algunos nombramientos del gobierno electo ha puesto en la palestra lo que todos esperábamos que pasara: que se formara la rebatiña por los puestos públicos. Si seguimos así, creo que habrá cambios de Gabinete antes de que los designados asuman sus cargos.

Ya está pasando la euforia —léase pánico— sobre la gripe A H1N1, que por razones inentendibles, se ha armado en nuestro país. ¿Será porque no tenemos nada que hacer o queremos que siga la rumba, una danza oscura que lo que puede hacer es convertirnos a todos en pesimistas y en detractores?

Todo el rollo de las acreditaciones de la Carrera Administrativa, y la luna de miel de la transición que se va agriando poco a poco, por aquello de los puestos que hay que llenar, descartando a los funcionarios comprometidos como si fueran desechables, crea un ambiente de confrontación y tensión que no se verá contrarrestado hasta que felizmente el presidente electo tome posesión, en una ceremonia que se adelanta faraónica. Como si estuviéramos para eso, pero que siga la rumba.

El tema de las escoltas a los últimos presidentes de la Asamblea no tiene ni pies ni cabeza. Cuando yo terminé mi gestión ante un ministerio tan sensitivo como es Gobierno y Justicia, el 31 de agosto, a las 12 de la noche, se retiró la unidad que fungía como seguridad y solamente me quedé, por gentileza del ministro entrante, con un conductor en horas laborables, por espacio de un mes. Es más, el 1º. de septiembre salí a pasear sola a mi perrita por el barrio sin ningún tipo de aprehensión y al día siguiente, nos fuimos mi hija y yo a Chiriquí, solas en nuestro auto, sin ninguna prebenda. Y la cartera de Gobierno y Justicia es la que maneja las cárceles, migración, seguridad del país y muchos temas más, hasta la Banda Republicana, que seguramente lo único que me traerían hubiera sido una buena serenata.

Hay demasiados gastos innecesarios en la maquinaria del gobierno y demasiadas personas que se han acostumbrado a recibir un salario sin hacer nada. También hay un ego-apetito insaciable.

Destinar casi cinco millones de dólares para unos deslucidos carnavales, que aún no sabemos cómo se gastaron —ni tampoco las sumas otorgadas en años anteriores—, otro montón de dinero para escoltas sin sentido y una fiesta de toma de posesión que más va a parecer la asunción de un emperador parece traducir el sentir de que no va a haber cambio, sino que siga la rumba.