Paul Gauguin en Panamá

El pasado 8 de mayo se conmemoraron los 100 años de la muerte del pintor francés post-impresionista, Eugène Henri Paul Gauguin, nacido en Paris el 7 de junio de 1848 y cuyas obras más conocidas fueron pintadas en Tahití, Polinesia Francesa, en la mitad del Océano Pacífico. Su abuela materna era de ascendencia peruana, Flora Tristán, la primera feminista y revolucionaria de su tiempo. Fue amigo de Van Gogh, Pisarro y del resto de los artistas que lideraron el movimiento impresionista. Era corredor de la bolsa de valores hasta que un buen día decidió dedicarse a la pintura. Casado con una danesa, tuvo cinco hijos a los que abandonó persiguiendo la luz de los trópicos, que lo traería a las costas panameñas en el año 1887.

En muchas ciudades del mundo se han realizado exposiciones retrospectivas de la obra de Gauguin. El centenario de su muerte ha trascendido más allá que la de cualquier otro pintor: el laureado escritor peruano Mario Vargas Llosa lanzó su último libro “El Paraíso en la otra esquina” hace unos meses, uniéndose a la conmemoración y novelando la persecución de lo imposible por dos importantes personalidades: Flora Tristán y su nieto, Paul Gauguin. Usando la técnica de alternar los capítulos, ya ensayados en El Pez en el Agua, Vargas Llosa logra una novela fascinante y cautivadora, haciendo los paralelismos entre la abuela y el pintor. Ya en 1919 William Somerset Maugham se había ocupado de su búsqueda por la esencia de la naturaleza en La luna y seis peniques. Y el pintor y escritor dominicano, Fernando Ureña Rib, en su más reciente libro, Fábulas Urbanas, incluye el relato La Venus de Taboga, inspirado en una visita que hizo a la isla del Pacífico panameño en el año 2000 e imaginando a Gauguin en medio de su exhuberancia.

En 1887, Paul Gauguin, acompañado de su amigo, el pintor Charles Laval, arribaron al istmo de Panamá. Se estima que su llegada fue en el verano panameño por las cartas que escribió a su amigo Emile Schuffenecker. Por el tono de la nota, el pintor francés no estaba contento de estar en Panamá y según los anales de la Panama Canal Commission, su destino fue la isla de Taboga. Se sabe de una carta que él escribió desde Saint Nazaire a su esposa Mette, anticipándose a su llegada, donde Gauguin le expresaba su sueño de vivir en una isla y alegaba “yo conozco un lugar en el mar de Panamá, una pequeña isla llamada Tabogas (Taboga) en el Pacífico; está casi deshabitada y muy fértil. Yo llevo mis colores y mis pinceles y yo me empaparé de ellos lejos de todos los seres humanos. Yo sufriría siempre la ausencia de familia, mas no viviría como un mendigo, que tanto me disgusta. No duden nunca de mi salud, el aire ahí es muy sano y como alimento, el pescado y las frutas que uno come.”

La siguiente carta que escribió a su esposa, ya desde Panamá, donde su cuñado (esposo de su hermana Mariè) le había invitado con promesas de bienestar y trabajo estable no fue tan elocuente sobre el entorno panameño. Gauguin le adelanta a Mette que en ocho días estará visitando Taboga (la llama Tobago) “viviendo como salvajes (él y Charles Laval) y seguro que no será el mejor lugar para estar.” En su siguiente misiva le cuenta su desventura ocurrida en el barrio de San Felipe, donde fue tomado preso por la policía ya que se orinó en una de sus calles. El escritor panameño Rafael Ruiloba recoge este acontecimiento en la novela Manosanta y le dedica tres capítulos a una supuesta relación con una dama francesa que lo sacó de la cárcel. Es seguro que estuvo en la ciudad de Colón, en el Atlántico, tanto a su llegada de Martinique como antes de su partida, y se sabe que se contagió de malaria en esa ciudad, donde fue hospitalizado. Laval contrajo la fiebre amarilla.

El hecho que Gauguin haya estado en el istmo, durante la construcción del Canal (afirmó en una de sus cartas que “trabajó para la compañía durante 15 días”) fue el motivo por el cual la Embajada de Francia en Panamá y la Alianza Francesa celebraron el 7 de junio, el día de su natalicio, un homenaje en su honor en la isla de Taboga. Con las obras pictóricas de niños que aprendieron a pintar como Koke, un apodo que le puso una de sus amantes en Tahiti, se organizó un “happening” en el que participaron artistas plásticos, de teatro y músicos, en las ruinas de la casa Moore, donde existía un monolito alusivo a su visita. Este monolito fue cubierto por azulejos al estilo Gauguin. Tal fue la euforia Gauginista que unos artistas panameños pintaron un mural conmemorando la fecha, reproduciendo sus famosas mujeres tahitianas.

Un justo homenaje a un pintor que representa una etapa muy importante en la historia del arte y, pese a su trágica vida y el no haber dejado ninguna obra pintada en Panamá o en Taboga, nos mantiene tras sus huellas.

Invitación al hapenning de Gauguin en Taboga
Invitación al hapenning de Gauguin en Taboga
El monolito existente fue revestido de azulejos pintados al estilo de Gauguin
El monolito existente fue revestido de azulejos pintados al estilo de Gauguin
El pintor Blas Petite pintó un mural al estilo Gauguin en una pared de la isla de Taboga
El pintor Blas Petite pintó un mural al estilo Gauguin en una pared de la isla de Taboga

Invertir en quimeras

MARIELA SAGEL*

En esta época del año se hacen generalmente buenos propósitos, especialmente para iniciar el próximo con paso seguro e intentando que lo que dejamos de hacer en los doce meses que se están agotando, se logren cumplir en los que están por venir. Claro que en medio de esa catarsis, se nos mete ese pensamiento color rosa (el que señalan los autores Johnson y Learned que hace que las mujeres compren), y es allí donde empieza la ansiedad y la intolerancia.

Para hacernos más fáciles estos treinta días que faltan para que termine el año, sin que pensemos en las villas navideñas que nos harán romper el récord Guinness por los alaridos más estruendosos que habrá ni en las piscinas tan “ cute ” que harán de la Cinta Costera el criadero de Aedes aegypti más grande de, por lo menos, Centro América, propongámonos, aunque sea intentándolo, cultivar una educación ciudadana que debería ir surgiendo de cada uno de los residentes de esta caótica ciudad.

Empecemos por darles paso a los peatones, pero sin gesticular en forma ofensiva. Sigamos dejando a otros conductores entrar a la vía principal, aunque eso signifique que la luz de los semáforos inteligentes cambie y nos quedemos sin cruzar la intersección.

No pitemos sin necesidad, solamente si es muy necesario. Saludemos cuando entramos a un ascensor, a un edificio o a un lugar donde haya personas que ni se inmutan por nuestra presencia.

Seamos más amables de lo que acostumbramos con nuestros semejantes más inmediatos y con los que no son tanto, y practiquemos una cultura de tolerancia.

Panamá tiene un pésimo concepto del servicio y la atención que se debe ofrecer a locales y visitantes. Por eso nuestras vecinitas obtienen los puestos que tienen contacto directo con la gente (y después nos quejamos) y sus paisanos nos abruman con su melosidad desde los centros de llamadas donde empiezan diciendo: “ ¿cómo me le va…?”.

Hace poco regresé de un viaje al extranjero y me tocó llegar a la hora que llegaron varios aviones. A pesar de haber cinco novedosas máquinas de las que escanean el equipaje cuando uno ya ha pasado por los controles de migración, solo una estaba siendo operada en ese momento. La fila era interminable y lo peor de todo era que en cada una de las otras máquinas de última generación había personas de la Dirección de Aduanas, paradas como postes, que no contribuían ni a agilizar la fila y a ponerlas a andar y tenían cara de pocos amigos.

Más recientemente intenté, en dos ocasiones y en dos lugares diferentes, que me lavaran el auto. En esas dos instancias las respuestas fueron invariables: estaba lloviendo. No era válido el hecho que el local que lava autos estuviera bajo techo, o que a mí, la propietaria del vehículo no le importara que estuviera lloviendo, porque yo quería que a mi carro se le quitara la imagen que tenía que parecía que hubiera venido por tierra a través del tapón del Darién: no, estaba lloviendo por eso ellos, los lavaautos, no trabajaban. Y así queremos posicionarnos como un destino turístico, queremos que vengan a ver las sonrisas gratis que ahora se están convirtiendo en mueca y queremos que solamente se contraten a nacionales de pura cepa para los puestos donde la atención y la amabilidad son la tónica que marca la calidad del servicio que ofrecemos.

Vamos a intentar, por lo que queda del año, elevar la forma en que nos comportamos con los demás, y así dar ejemplos de educación –ya no digo de cultura, porque enseguida la gente se escalda— y de tolerancia para que la presión por cumplir con las metas que nos habíamos trazado no nos impida dar la mejor imagen de nosotros, aunque eso signifique darle paso a un peatón, a un “ diablo rojo ” o a una de esas cucarachitas amarillas que siempre dicen “ no voy ”.

Cuando la inteligencia se vuelve bruta

MARIELA SAGEL*The fate of women

La semana pasada la ciudad se volvió un caos por la puesta en ejecución de los semáforos llamados “inteligentes” y que crearon más tranques en la ya de por sí congestionada ciudad de Panamá. La verdad es que entiendo que este proyecto viene no solo desde el gobierno anterior, sino desde inicios del 2000, cuando se iba a combinar los semáforos con las licencias. Por falta de acuciosidad o de interés no puedo juzgar y señalar culpables en todo este enredo, pero definitivamente que a los ojos de la población, los semáforos ni siquiera intentaron llegar a ser medianamente efectivos.

En fecha próxima se celebrará el Día de la No Violencia contra la Mujer y son muchas las voces que se alzan y estarán alzadas escribiendo y opinando sobre este mal, que va en aumento y que tiene ya visos de convertirse en una profesión que practican no solo compañeros entre parejas, sino patrones contra sus empleadas, gremios contra planteamientos de género y muchas otras variantes.

Pero lo más alarmante de esta brutalidad contra las mujeres es que no tiene relación con el nivel de educación que tenga un país o determinada población. Leía en el primer libro de Stieg Larsson que en Suecia, el 46% de las mujeres es o ha sido maltratado y vimos cómo las dos protagonistas principales fueron ferozmente avasalladas por varios medios machistas y acosadas hasta casi la demencia (en una novela de ficción) y en la vida real la compañera del escritor es tristemente vapuleada por los parientes cercanos al no permitírsele el acceso a percibir un beneficio económico que ha producido el éxito literario del autor.

Las estadísticas panameñas dicen que en lo que va del año 68 mujeres han muerto víctimas de violencia doméstica. Pero esas estadísticas no muestran la violencia solapada y soslayada que se practica a diario contra el género femenino y que afecta, sobre todo, la autoestima y denigra moral y espiritualmente a muchas mujeres. Tomemos en cuenta nada más las “ remociones ” recientes de la directora del Tránsito y de la vicealcaldesa, para que notemos una velada discriminación que no se acepta, pero se practica en todos los niveles de la sociedad. A esto se suma la abierta negativa de ofrecerle a mujeres de cierta edad, que están en su mejor etapa de vida, cuando ya la maternidad y las hormonas las dejan de condicionar, acceder a puestos de importancia, porque prevalece lo de “ buena presencia ” y menores de 35 años o les faltan aquellas que llevan directo “ al paraíso ”.

No quiero dejar de expresar en este breve espacio mi respaldo a la señora Méndez, como en su momento lo hice con la procuradora Gómez. La conozco, además de personalmente, por la excelente trayectoria que ha tenido al frente de Casa Esperanza desde donde, sin prestarse a un “ ridicullity show ”, hizo un trabajo encomiable y estoy segura de que lo seguirá haciendo ahora que no tiene que estar atajando metidas de pata.

La violencia contra las mujeres no debe señalarse solo en el plano físico y emocional, debe denunciarse por igual en todos los campos y a todos los niveles y su condena no debe encasillarse en un solo día, debe practicarse a lo largo de los 365 días del año y nosotras exigir el respeto y consideración que nos merecemos a todo nivel.

La vida de un Tycoon

María Mercedes de la Guardia de Corró
María Mercedes de la Guardia de Corró

Reseña de la biografía de Gabriel Lewis Galindo, “Hasta la Última Gota”

El mérito de esta biografía radica no solamente en recoger en un volumen una vida fascinante sino, el conocimiento de muchas de las acciones que dieron paso a que hoy seamos soberanos sobre nuestro principal recurso natural.

Mariela Sagel

PA-DIGITAL-15 de Nov. 2009

Con mucho interés, pero con más entusiasmo, emprendí la lectura de la biografía de Gabriel Lewis Galindo, “Hasta la Última Gota”, escrito de forma magistral por María Mercedes de la Guardia de Corró. “Chelle”, como se le conoce, estuvo en el medio periodístico casi una década y su pluma siempre fue reconocida como aguda, elegante y acertada. Sin embargo, en su debut como biógrafa no solo supera las expectativas que pudiéramos habernos creado sobre ella sino que deslumbra el nivel de investigación que denotan las numerosas instancias por las que nos lleva de la mano en esa vida fascinante que tuvo Gabriel.
Más de dos años le tomó a “Chelle” escribir la biografía de un hombre que no descansó un minuto en sus 67 años de vida, quien dejó a su paso no solamente obras que son dignas de admirar, sino que sus acciones le ganaron, por igual, detractores, seguidores y más de un creyente de que su estilo es irrepetible.

Lo más importante de este trabajo es darnos a conocer, al mortal de los panameños, el valor que tuvieron, tanto Lewis Galindo como el resto de los negociadores de los tratados del Canal, conocido como Torrijos Carter, así como las presiones a las que se vieron sometidos por parte de la potencia del norte.

Quizá a muchos de los de mi generación los diversos y variados libros sobre la invasión nos dejaron más o menos claros cómo llegó Noriega a convertirse en el monstruo egoísta que era, y confieso, honestamente, que pensé que ya me lo había leído todo sobre el tema y, como quien dice, era periódico de ayer. No sólo devoré lo que escribieron tanto los autores gringos como los panameños sino que me formé mi propia conclusión de ese período tan trágico que fue la época de los últimos años ’80. Tengo, inclusive, el manuscrito de la obra de John Dinges (o primera prueba) ‘Our Man in Panama’, por deferencia del autor y, en mi haber, variadas vivencias de la cruzada civilista y, especialmente, de la época post invasión, donde por circunstancias de la vida me tocó estar en primera fila en el escenario de cómo se manejaba el nuevo gobierno con los representantes estadounidenses y lo meritorio y censurable que resultó ese triunvirato juramentado en la antigua Zona del Canal.

Lo importante del libro es la combinación que tiene de episodios determinantes de nuestra historia patria, junto con intimidades familiares que, si no fuera por lo dicho en la presentación y leído en los medios, fueron autorizadas por la viuda y los hijos de Gabriel, junto a sorprendentes causalidades que se fueron dando durante la vida de este magnate panameño que se recuerda en todos los círculos locales y en los políticos de Washington.

La historia entrelaza la niñez de los hermanos Samuel, Gabriel y Carmen y también sus antepasados, con la boda de “Nita” y Gabriel, esa dama excelsa e inimitable que compartió penas, desventuras y éxitos siempre junto a su amado esposo y luego la llegada de cada uno de sus seis hijos.

Paralelamente, la incursión en los negocios de un hombre que no tuvo academia, pero que demostró más que disposición para el emprendimiento y el trabajo. Se avanza en su lectura con su encuentro con el general Torrijos, la química que surge entre ellos, viniendo cada uno de tan diferentes orígenes. Esto es comprensible en la medida como se calibre la personalidad de ambos y su objetivo común: servir a la patria.

La época de Contadora es narrada con gran detalle y efusividad y remueve muchos recuerdos que por lo menos yo tenía de esos paseos en el Casimiro (en una de sus versiones, porque otra fue quemada por las huestes de Noriega) incluyendo aquello con lo que Gabriel estaba obsesionado, retener en una cámara fotográfica todos los momentos que vivía pero, sobre todo, compartía, razón por la que muchas de sus cámaras fallecían de agotamiento, según el decir de Samuel Casimiro, su cuarto hijo. Una nota curiosa, y que no acabo de aclarar, es el detalle que menciona la autora al principio: que “Nita” y Gabriel atendían desde su casa o su bote, mas no se sumergían en el mar, porque no sabían nadar.

Avanza el libro con detalles intrincados de su sociedad con los tíos y las grandes oportunidades que se dieron precisamente por la visión del “tycoon” que era Gabriel (se traduce como magnate) y su posterior incursión en el mundo diplomático con la única misión de capturar con su encanto y “charm” a una elite tan especial y siútica como es la de los políticos de Washington. Excelente selección que tuvo Torrijos padre para ponerle una presión de “tractor” a la recuperación de nuestro mayor recurso, usufructuado injustamente por los gringos desde su construcción.

Prosigue con la muerte del general, la degeneración del gobierno militar y la decisión de Gabriel en irse de vuelta precisamente, donde era querido, admirado y respetado y su papel determinante en conducir tanto a los cruzados en el exilio como a los políticos que no sabían qué hacer con el narcodictador.

Me produjo tanta admiración cómo sumó a convencidos y sumisos adláteres de Noriega a su causa, a riesgo de sus vidas y cómo sufrió, él y su familia, toda clase de vejámenes, peligros y enormes pérdidas económicas personales. Posiblemente, algunos libros describieron este proceso, como el de Juancho Sosa u otros, pero estoy segura de que no tienen el valor tanto estilístico como humano que se siente en “Hasta la Última Gota”.

Su posterior integración a la vida nacional y el rechazo que sufrió por parte del gobierno de Guillermo Endara no dejaron de causarme cierta sorpresa aunque la vida me ha enseñado que “Mal paga el diablo a quien bien le sirve”. Todo lo referente a los negocios con el banco donde tenía intereses y la mezquindad de los socios al no permitirle hacerse con más acciones (y más peso) me causó mucha tristeza, similar a la de saber que su fiel Rufino lo había dejado en la mitad del camino.

La desaforada gestión que llevó a cabo como Canciller del gobierno del Presidente Pérez Balladares, apenas dos años antes de su muerte y la dolorosa enfermedad que lo llevó a recibir un trasplante de pulmón y el apoyo que le dieron sus amigos, de todas partes del mundo, poniendo al alcance de su familia los mejores tratamientos e instituciones médicas dan cuenta de que, como dice la autora, a estas alturas, Gabriel no tenía adversarios, “todos querían verlo de pie, andando. El gran seductor se acercaba a la batalla final respaldado por una pléyade de amigos”.

María Mercedes, además de demostrar un conocimiento extraordinario del manejo del lenguaje, supo combinar tanto los valores familiares como los momentos históricos importantes, conjugándolos con hitos en el devenir de la humanidad que, de una y otra forma, afectaban tanto la economía mundial como la definición de Panamá como país. No deja de sorprenderme la cantidad de “perlas literarias” que logra “Chelle” transmitirnos –como me dijo un gran amigo mío lector— en su bien lograda biografía, y, más aún, cómo “la vida te da sorpresas”, según dice la canción, ya que, en la presentación del libro, no solo estaban presentes sempiternos enemigos o adversarios políticos sino una variopinta de aquellos a quienes Gabriel combatió, sumándose al justo tributo que merecía en vida y merece su más que elocuente labor como patriota.

El mérito de esta biografía radica no solamente en recoger en un sendo volumen una vida fascinante sino, el conocimiento de muchas de las acciones que dieron paso a que hoy seamos soberanos sobre nuestro principal recurso natural: el Canal de Panamá. También el darnos cuenta de que, aunque “hijo de tigre nace rayado”, ni el vástago del general ni el del embajador-canciller les llegaron a los tobillos a sus progenitores durante sus gestiones en la administración pasada. Y lo más importante, la dedicación, asertividad y compromiso con la verdad, por un lado, por parte de la encomendada a llevar a cabo este importante proyecto, como de la familia –su viuda e hijos— que se atrevieron a mostrar al mundo, en cuerpo y alma, las interioridades de una vida llena de virtudes y también de defectos, como la de todos los seres humanos.

Finalmente, emerge la fortaleza de una mujer que fue eco de todos los pensamientos, aunque fueran descabellados, de su marido, y que se atrevió a darlos a conocer, sin tapujos. Con justa razón, “Chelle” le dedica a “Nita” el libro, porque es la historia de su vida, que ha vivido hasta la última gota.

Portada de "Hasta la Última Gota"
Portada de "Hasta la Última Gota"

Atletas de la cultura

MARIELA SAGEL*

Publicado en La Estrella de Panamá el 15 de Noviembre de 2009

CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS. — Se ha hecho muy frecuente en Panamá el calificar a los asiduos a exposiciones de arte, conciertos de música clásica y obras de teatro, entre otras actividades, con el término de “culturosos” y endilgarles, en un sentido glamoroso, que son personas comprometidas y asiduas a la cultura. Y se hace de una manera peyorativa, como quien alega que aparte de dedicarse a la contemplación de esas manifestaciones artísticas, no hacen más nada y mucho menos, algo productivo.

Si bien es cierto que existen muchos que se “ hacen ” los “ culturosos ” simplemente porque asisten a exposiciones de arte (y ni ven los cuadros), porque es algo que los hace “ chic ” y les permite salir en periódicos, hay otros que definitivamente viven de la cultura, como son los escritores que felizmente viven de lo que escriben, los músicos que son exitosos y viven de su música, los pintores que venden a precios exorbitantes y todo aquel que, cultivando un arte, no tiene mayores apremios económicos.

Los hay muchos, aquellos que, como dicen, no pagan taquilla y van a todas las aperturas de eventos y se toman todo el vino. Eduardo Galeano tiene, entre sus exquisitos ensayos, uno dedicado a ellos, que dice: “ Lo mejor que el mundo tiene, está en la cantidad de mundos que contiene. Esta diversidad cultural, que es un patrimonio de la humanidad, se expresa en el modo de comer, y también en el modo de pensar, sentir, hablar, bailar, soñar. Hay una tendencia muy acelerada a la uniformización de las costumbres. Pero al mismo tiempo hay reacciones hacia la afirmación de las diferencias que vale la pena perpetuar. Realizar las diferencias culturales, no las sociales, es lo que permite que la humanidad no tenga un solo rostro, sino muchísimos rostros a la vez.. Mi opinión es que no estamos de ninguna manera condenados a un mundo que solo nos permita elegir entre dos posibilidades: o morir de hambre o morir de aburrimiento ”.

Lo más interesante en nuestro muy particular mundo panameño, que no resulta para nada aburrido, es que a los que nos consideran culturosos se espera que lo único que hagamos bien son temas que conciernen a la cultura, cuando ni en sus mentes tienen claro qué significa este término. En 1982 la UNESCO declaró “ que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo.  Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden ”.

Ahora hay otra acepción del término y es el de “ culturetas ”, según me cuentan en los medios “ culturosos ”. Estos son los atletas de la cultura, los que hacen maromas para llevar un proyecto cultural adelante, contra viento y marea. Mejor dicho, los quijotes de la cultura. De esos hay (¿somos?) muchos que nos pasamos reflexionando sobre lo que hacemos y estamos éticamente comprometidos. Siempre buscamos una oportunidad para aprender más, la curiosidad no nos deja en paz y lo mejor de todo, aunque leamos mucho, siempre tratamos que otros lean.

Esa labor la llevamos a cabo en forma constante y tenaz, no dentro de marcos establecidos para demostrar que sí estamos comprometidos con la cultura en nuestro país.

¿Nos caerán como anillo al dedo estas divagaciones que en su momento tuvo un grupo de “ culturosos ” alrededor de cómo llevar adelante algún proyecto cultural?

Un centro para la inteligencia

Vista del Stata Center
Vista del Stata Center

Stata Center 1Stata Center 2Stata Center 3OPINION La Estrella de Panama, 8 de Noviembre de 2009
MARIELA SAGEL*

CAMBRIDGE, Massachusetts — En medio del campus del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), al otro lado de la orilla del Río Charles, se levanta una serie de edificios que reemplazaron un viejo inmueble identificado como Building 20, que fuera un albergue temporal de madera, construido durante la II Guerra Mundial, y sirviera para que grupos de investigación gestaran proyectos innovadores en esa época, en esta renombrada universidad, donde funcionó el Laboratorio de Radiología.

Estos edificios se conocen como el Centro Stata para las Ciencias de la Informática, Información y la inteligencia (The Stata Center for Computer, Information and Intelligence Sciences) y allí tiene su sede el Laboratorio de Inteligencia Artificial y Ciencias Informáticas (Computer Science and Artificial Intelligence Laboratory), el Laboratorio para la Información y Sistemas de Toma de Decisiones (Laboratory for Information and Decision Systems) y el Departamento de Lingüística y Filosofía. La intención de hacer un centro en ese emblemático lugar era poder traspasar esa sensación de “serendipity ” (descubrir por casualidad algo muy bello) que tenía el Building 20 y poder acoger el trabajo en conjunto de selectas disciplinas.

El conjunto de edificios impresiona por su volumetría y lo excéntrico del diseño, que estuvo a cargo del arquitecto canadiense Frank Gehry y abrió sus puertas al público en 2004, siendo catalogado en como “una obra de arquitectura que involucra una evaluación muy seria de cómo viven y trabajan las personas, y al mismo tiempo destaca la importancia de la inventiva”.

El complejo tiene una extensión de unos 67 mil metros cuadrados y fue financiado mediante donaciones de filántropos como Bill Gates y Ray Stata (egresado de MIT en 1957) y María Stata, a quienes debe su nombre, porque todo el mundo se refiere a él como el “Stata ” o el Centro Stata. En MIT hay una tendencia a denominar los edificios por un número, sin embargo, en este caso, a sus dos torres se les ha llamado la G y la D. El edifico ahora es el Building 32. Como todo lo que representa la innovación, tiene sus adoradores y sus detractores.

Los diseños de Gehry tienen muchos ángulos pronunciados y parece que se fuera a colapsar en cualquier momento. Sus superficies son de materiales vistos, no repellados, como el ladrillo, acero, aluminio cepillado y metal corrugado. Hasta cierto punto, es como si se hubiera construido sobre la marcha, como si se hubiera improvisado. Quienes lo defienden esgrimen esta apariencia como una metáfora a la libertad creativa y el descubrimiento, que se supone que deben producir sus interiores. En una medición realizada en el año 2005 se colocó a MIT como la universidad que tenía la arquitectura más avanzada, recayendo ese mérito mayormente en el Stata Center.

No hay privacidad para los que trabajan en el edifico, de hecho, se han reportado casos de vértigo en una sala de conferencia por su particular diseño y no existe aislamiento acústico. Un feroz crítico lo comparó con una reversión estructural algorítmica para crear el desorden, una especie de antiarquitectura. El ubicar en esa estructura, se alega, departamentos científicos, es el símbolo de un castigo, lo que sería la ironía máxima.

En 2007 MIT demandó al arquitecto del Centro Stata y a la compañía que lo construyó, Skanska, por el diseño y la ejecución, que han causado filtraciones, rajaduras, crecimiento de moho, acumulación de drenaje y la obstrucción en salidas de emergencia cuando nieva o se acumulan escombros. Skanska ha dicho que el arquitecto ignoró las advertencias que le hicieron en su momento y rechazó las modificaciones que le sugirieron a su diseño. Gehry se defiende alegando que la empresa se fue con el “value engineering ”, que es el proceso de cortar costos eliminando algunos elementos del proyecto, que escogió no instalar ciertos dispositivos en los techos y que lo que busca MIT es el valor de su seguro.

Frank Gehry es el responsable del diseño del Museo de la Biodiversidad que se levanta en Amador. Hay que estar vigilantes para que el mismo se ejecute bajo un estricto escrutinio y no se convierta, en este caso, en un centro de la negligencia, contrario al de la inteligencia que exuda el de Cambridge.

En defensa de Ana Matilde

Ana Matilde Gómez, Procuradora General de la República
Ana Matilde Gómez, Procuradora General de la República

MARIELA SAGEL*

Opinión de la Estrella de Panamá

1o. de Noviembre de 2009

Escuché hace unos días a la señora procuradora, Ana Matilde Gómez, reclamar a las mujeres que en algún momento hemos ocupado posiciones de poder, por nuestros propios méritos, que nos manifestáramos por la infame campaña que se le ha estado tejiendo alrededor de su codiciado puesto, toda vez que ahora mismo es el único independiente en el engranaje gubernamental. Y salgo en su defensa no solo por solidaridad con ella, como profesional, sino también como mujer, a las que nos cuesta mucho acceder a una posición y que seamos tratadas con justicia tanto en valores como en actuaciones.

Si bien es cierto, en Panamá hemos tenido ya presidentas de la Nación, de la Corte y de la Asamblea, la señora Gómez es la primera mujer que llega al Ministerio Público. Desde que fue nombrada a esa altísima posición le imprimió su marca, igual que lo hacemos todos los que tenemos una definición de nuestro deber y asumimos con compromiso nuestras responsabilidades. A muchos —los más en este país machista y misógino— eso no cayó bien, cosa que no importaría si nos dejaran llevar la fiesta en paz y hacer el trabajo. Pero eso no es posible en la mayoría de los casos, unas veces porque “ la envidia es color de arsénico ”, como tituló la escritora Berna de Burrel su libro, y otras porque esa posición se convierte en una piedra en el zapato para quienes pretenden acaparar el poder absoluto.

Las mujeres panameñas, casi con una precisión estadística, no solamente estamos más preparadas que muchos de los hombres de este país, sino que hacemos mejor tanto el trabajo como el desempeño en la vida laboral, familiar y comunitaria. Si alguien tiene duda, solamente tiene que ver la cantidad de mujeres que están presas versus los hombres, y las causas de muchos de esos delitos, que en su mayoría fueron motivados por amor: a un hombre, a un hijo, a un nieto. Sin embargo, hemos retrocedido en participación desde todo punto de vista: hay menos mujeres en el Gabinete, fueron electas menos diputadas y representantes y siguen nombrándose a hombres con menos méritos tanto en puestos de gobierno como en la empresa privada.

Encima de eso, los ingresos que recibimos siempre son inferiores, por el maldito paradigma que, como se supone que tenemos quién nos mantenga, no somos las que llevamos el pan a la casa. Este espacio no da para elaborar en la diferencia abismal que sigue vigente en el campo laboral como en el social, entre mujeres y hombres, pero aprovecho para resaltar que, a pesar de tantas luchas por la equiparación y las cuotas, estamos peor que antes. Y todavía se hace mano de empañar sin empacho nuestro honor —y hasta nuestro buen gusto— señalándonos como que hemos obtenido lo que tenemos por ser “ amiga íntima ” de algún político o persona de poder. Precisamente por ser el producto de mi propio empeño y compromiso, no soy una fanática del feminismo y mucho menos reclamo mi espacio basada en algo establecido.

El caso de las denuncias y la campaña de que está siendo objeto la procuradora es realmente preocupante y nos debe llevar a la reflexión sobre si dejamos que por una campaña de descrédito, orquestada precisamente por aquellos que ostentan el poder y que quieren controlar todas las instancias y que han dado paso a una serie de falacias que se caen una a una de su peso, se cierre el país y botamos la llave bien lejos.

La procuradora tiene excelentes defensores legales para rebatir las denuncias de que ha sido objeto. Nosotras, a las que ella ha hecho un llamado de solidaridad, debemos cuadrarnos de manera vertical para que la ignominia que pretende apoderarse de su cargo no se lleve a cabo. Y darle ánimos para que no desfallezca en esta dura batalla que le toca librar.

Lo que restaba de la Trilogía Millennium

Escenas del filmLa Reina en el Palacio de las Corientes de aireTercer libroEl Domingo, 25 de octubre de 2009
Mariela Sagel
PA-DIGITAL

Después de 2231 páginas finalmente terminé la lectura de los tres libros que componen la Trilogía Millennium, esa saga fascinante que está volviendo locos a todos los lectores y desploma las góndolas (estanterías) de las librerías.

Aquí en Panamá, el primero de los libros fue presentado en la V Feria Internacional del Libro, por Gabriel Sandoval, director Editorial de Grupo Planeta de México, responsable de la edición para esta región de Latinoamérica, y por la Dra. Rosa María Britton, conocida escritora nacional. Los hombres que no amaban a las mujeres, como se llama la primera novela, lo reseñé en este suplemento a principios de agosto (antes de la feria) y de manera magistral lo hizo a fines de septiembre Mario Vargas Llosa en su columna Piedra de Toque, donde señala que “solo deplora que Stieg Larsson se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado”.

El fenómeno Larsson o el fenómeno Salander, como se llama la protagonista de esta saga, ha recorrido el mundo en todos los idiomas. Ya perdí la cuenta de a cuántas lenguas ha sido traducido y cuántos millones de euros lleva generados en regalías, mismas que le han escatimado a la compañera de toda la vida del autor. La película de la primera novela se estrenó y siguen corriendo ríos de tinta tratando de entender –y de promocionar— los libros “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y “La reina en el palacio de las corrientes de aire”, que es como se llaman los dos posteriores.

No estoy segura de cuál de los tres libros me gustó más. Posiblemente el tercero. A partir del segundo, una vez resuelta la incógnita de la familia Vanger –una familia tan complicada y disfuncional que me recordó un par de núcleos locales que no se hablan entre sí y se meten zancadillas todo el tiempo— el autor se permite andar del timbo al tambo (¿o se dice del tingo al tango, como escribió Julieta de Fábrega en su libro?) por el mundo (bueno, Lisbeth en este caso)— y ahonda en el uso de marcas suecas y de tecnología sofisticada. No olvidemos que la Salander es una “hacker” y de las mejores. Y que Suecia es un país con un alto nivel de desarrollo en esa rama, cuna de Volvo, Erickson, Ikea y Skanska, entre otros, además del vodka Absolut. Las descripciones sobre la forma en que hacen uso debido e indebido de la informática y de las armas de fuego son exhaustivas y a veces tan enfáticas que preocupa saber que podemos estar en manos de cualquier escucha que apenas se parezca al grupo WASP (los hackers de Salander), especialmente después de la ley que recién pasaron en Panamá y de los “zarinos” que tienen en sus manos la seguridad del país.

Otro punto relevante es la importancia que le da Larsson a los medios de comunicación –en este caso impresos— como son los periódicos y las revistas, y la forma en que son controlados, manipulados y utilizados por los grupos de poder. Parte de las enseñanzas que extraje del ejercicio de haberme leído estos tres libracos ha sido el comprender cabalmente el imperio de los medios que, aliados a las fuerzas de seguridad y otros diablos, pueden hacer desastres. Se pueden convertir en la Corte Suprema Mediática o, como escribí recientemente, señalar culpables por titulares. Leyendo un poco sobre Suecia, aprendí que es uno de los países donde más personas leen periódicos y éstos, versus la población existente, tienen una circulación envidiable. La gran diferencia es que, por lo menos en la novela, las unidades investigativas son usadas para desenredar verdaderos entuertos y no perseguir meras tirrias y dañar reputaciones por el simple hecho de ser adversarios políticos. En los escenarios que trata Larsson, caen industriales y financieros, que tienen sus manos, sospechosamente, metidas en los medios de comunicación.

Más allá de la fascinación por la narración está el hecho que retrata a los suecos en cuerpo y alma: su liberalismo, su modernismo en aceptar todo lo avanzado y su vasta geografía. Es importante resaltar, como lo he comentado en las tertulias donde irremediablemente terminamos hablando de Larsson, la innumerable cantidad de nombres nórdicos (o escandinavos) de personajes que usa el novelista, todos impronunciables, con las diéresis que nos son ajenas, aunado a la descripción de los lugares y recorridos que hacen en los zangoloteos y pesquisas en que se ven inmersos los protagonistas. En ningún momento me sentí perdida, aunque no conozco Suecia, pero de algo sí quedé más que segura: todos duermen desnudos.

Stieg Larsson pone especial interés en los personajes femeninos: Lisbeth Salander es una inmortal de la ficción, como la definió Vargas Llosa y no me extraña que para este día de las brujas mucha gente se llene de tatuajes y piercings para emularla. Ericka Berger, la ejecutiva impecable, sensual y avasallante, es un ejemplo a seguir. Y en el tercer tomo entra en escena una sorpresiva vikinga, Mónica Figuerola, que se va a convertir en la Juana de Arco del desenlace. Hay otras figuras femeninas que merecen consideración, como Annika Gianninni y Susanne Linder, además de todas las periodistas de la revista Millennium y las investigadoras de Milton Security y del tratamiento que le da el novelista a ellas se deduce su compromiso sin claudicaciones con el sexo femenino. De allí que uno de los principales temas de esta extensa trilogía sea la condena al maltrato a la mujer y el respeto por el trabajo que hacemos.

También se resaltan, ya no a nivel de valor literario, la exaltación de los sentimientos como la amistad, la sinceridad y la solidaridad. Tal como dije en el programa de televisión al que fui invitada a conversar sobre el primer libro, Ericka es amante de Mikael, ella está casada con un pintor relativamente conocido y su marido acepta que tenga esa relación. Un amigo que vive en el extranjero, que se motivó a leer estos títulos catalogados como del género “novela negra”, me señaló algunas frases para tener en cuenta, tales como que “nadie puede evitar enamorarse… tal vez uno quiera negarlo, pero es posible que la amistad sea la forma más frecuente de amor”. Y otra: “no hay nadie inocente, sólo hay distintos grados de responsabilidad”.

Suecia también es la cuna de la Academia que otorga los Premios Nobel. No creo que Larsson hubiera podido alzarse con uno por esta trilogía, -si hubiera vivido – lo que sí estoy segura es que tal como mencionó el escritor peruano Alonso Cueto, en la presentación del primer libro en Panamá, el autor ha realizado una verdadera proeza en escribir una novela popular, y eso ha hecho que muchísimas personas hayan vuelto a la lectura como el pasatiempo o mejor, el ejercicio que más estimula al ser humano. Y como también dijo Gabriel Sandoval en esa ocasión en la feria, “tenemos entre manos una novela prodigiosamente adictiva, que no tendrá piedad del lector y lo someterá ante la imposibilidad de dejar para mañana lo que se puede leer hoy”.

La muerte de Stieg Larsson, sin haber visto publicado ni el primer tomo de lo que se ha convertido la Trilogía, debe hacernos reflexionar si no ha sido su historia, su propia historia –en la figura de Mikael Blomkvist— la que parecería haber sido ideada por algún Director de Marketing celestial empecinado en hacer aún más efectivo el fenómeno que hoy se apropia de todos los temas de conversación.

Conciencia ciudadana

BananasDomingo, 25 de octubre de 2009
Opinión, La Estrella de Panamá, 25 de Octubre de 2009

MARIELA SAGEL*

Mucho se señala que la ciudad capital cada día es más hostil. Que se ha perdido la cortesía y las buenas maneras en todo lo que respecta al prójimo: dar paso a los peatones, ceder el espacio a un auto que rebasa, levantarse cuando se está en la sala de espera y hay una persona que necesita sentarse. La semana pasada escribí sobre la necesidad de poner un tope a las horas que se cierran los bares –Ley Zanahoria— y hoy quiero complementar ese tema con el de la educación ciudadana de la que tanto carecemos.

En estos días, cuando se acerca el fin del año y se acrecientan las ansias de consumo y la presión nos lleva por el despeñadero de no dejar para el otro año lo que se puede comprar en éste, la ciudad se está volviendo un infierno. Por todos lados hay choques, hay reparaciones de calles, hay protestas y la agresión a las personas se hace más evidente en la medida que se den en días de pago, décimo y fines de semana. He presenciado casos inauditos de irrespeto por el prójimo: un carro de Cemex, en plena calle 53, tenía detenido el tráfico al mediodía del viernes, frente al World Trade Center, porque el conductor se antojó de comprar unas tarjetas prepago de celular. Los conductores de taxi se arriman donde les da la gana, causando muchas veces accidentes, pero los peatones también son imprudentes, porque no se dan cuenta de que solicitando un servicio de taxi, en una esquina o un sitio donde pueden causar un accidente, buscan lo que está quieto. Las acciones siempre son de dos vías: dando y recibiendo, o mejor dicho, una acción provoca una reacción.

Una gran parte de la mala educación ciudadana que desplegamos en las calles, en nuestros trabajos y en los lugares donde asistimos —léase restaurantes, conciertos, conferencias, etc.— proviene de lo que vemos en casa, de lo que nos enseñan en familia. De un hogar donde no exista el más mínimo respeto en la mesa, donde las reglas de urbanidad estén en recreo, no va a salir nada bueno puertas afuera. Los modales mínimos que se deben observar a la hora de comer son aguardar que todos estén servidos, empezar todos al mismo tiempo y de acabar, esperar que los demás terminen y, en caso de alguna emergencia, disculparse si se tiene uno que retirar antes que los demás. Para eso existen las palabras “ permiso ”, “ buen provecho ” y otras más. Y debe ser inaceptable sentarse con un teléfono celular a la mesa y mucho menos atender llamadas o chatear.

La crisis de educación y conciencia ciudadana se ve aún más agudizada en la carretera al interior, donde se ha convertido una práctica cada vez más desagradable y común que los hombres se estacionen en el hombro de la autopista y sin el más mínimo recato se dispongan a orinar a la vista de todos los que por allí transitan. Debe ejecutarse cuanto antes una ordenanza municipal que multe a estos asquerosos y groseros caballeros que ofrecen tan deplorable espectáculo.

Seguiré insistiendo en la creación de una conciencia ciudadana, sobre todo porque esa fue la campaña que rescató a una ciudad como Bogotá de ser agresiva, y convertirla en la elegante Santa Fe. El alcalde de la Ley Zanahoria llevó a cabo verdaderas campañas de concientización para que las personas bajaran sus niveles de agresividad, dieran paso a los peatones, cedieran el espacio a los autos y todo con mimos y payasos. Podríamos empezar, cada uno que lea esto, a evaluar cómo nos comportamos en casa, si respetamos a los que conviven con nosotros, si a la hora de sentarnos a la mesa guardamos la compostura necesaria y al conducir somos corteses. No hay que olvidar la máxima de Benito Juárez: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y esa paz empieza desde adentro de cada uno.