Deleznables y otras exquisiteces

Las muletillas y demás vicios del lenguaje que vemos y escuchamos a diario no me dejan a veces dormir en paz. Algunas personas que saltan en los micrófonos, como si fuera su único momento de fama, dicen cosas que la mayoría de las veces dan repugnancia.

En el programa Sobre Ruedas , a propósito o sin él, Fernando Correa dijo que era “deleznable” la conducta de algunos candidatos de la actual campaña electoral. Claro, Fernando une a su ya considerable acervo la influencia de su culta esposa Mónica, pero los churumbelitos que lo acompañan en ese divertido programa le preguntaron qué quería decir con esa palabrita. Sin querer emular a Rafael Candanedo, aporto a su campaña de mejorar el lenguaje con la definición, “deleznable” es aquello que es despreciable. Igual, pero a la inversa escuché un exabrupto en un programa de comentarios. Alguien se refería a la caravana que hoy se está dando en la ciudad de Panamá como que la anterior había ocurrido con “desasosiego”, queriendo decir que había transcurrido sin percances, cuando el significado de la palabrita es precisamente lo contrario — inquietud, intranquilidad —. A veces, por querernos tirar de cultos, usamos los términos incorrectos. Un ingrato funcionario de la pasada administración usaba una muletilla cada cinco minutos, y que era “digamos”. Como ese, hay montones que dicen “digo”, “cómo se llama eso”, “qué le iba a decir” y otras tantas que los que las percibimos queremos matarlos.

Algo que no puedo aguantar y muchas veces corrijo, siendo mis críticas recibidas con cierta acritud, es el “hubieron”, cuando el verbo “haber” debe decir en pretérito perfecto simple “hubo”. Es tan molesto escuchar ese término a todos los niveles, en los programas y hasta de parte de los más connotados exponentes de la cultura local, que se me revuelve el estómago y me muerdo la lengua (algunas veces) por no señalar el horror garrafal que se está cometiendo. “Hubieron” se usa en los casos al que le sigue una acción, como “hubieron comido” — pero así no hablamos en Panamá —, más no se emplea para denotar la presencia o existencia de personas o cosas, pues con este valor “haber” es impersonal y, como tal, carece de sujeto (el elemento nominal que aparece junto al verbo es el complemento directo) y se usa solo en tercera persona del singular.

Todo esto viene de la mano de los flamantes funcionarios que nos representan en los diferentes órganos del Estado. Son las personas que a diario toman un micrófono y creen hacer cátedra con sus aseveraciones. La Academia Panameña de la Lengua debería imponerles una multa por maltrato al precioso y rico idioma Español. De la misma manera, los medios deberían ser estrictos y adoptar una actitud docente para que no se siga usando mal el Español, especialmente por los que se convierten en los vasos comunicantes de la pluma escrita y hablada. Uno puedo ser malhablado en lo personal y la intimidad, pero ante unos micrófonos o mediante una pluma y el ejercicio de transmitir sus ideas, debe buscar la excelencia. ¿Pero qué se puede esperar de un ex animador de un programa tan deleznable como La Cáscara, o de un gordo que no cabe ni en su pancarta de publicidad y solo va a la Asamblea el día que se instala? Entiendo que son los representantes de segmentos de la población que no son tan siúticos como podemos ser los culturosos, pero uno tiene que ir haciendo camino al andar. Eso es, por lo menos, lo que yo trato de hacer cada domingo en este espacio.

Banda ancha

03-22-2009 | MARIELA SAGEL
El desarrollo de las telecomunicaciones que ha experimentado Panamá nos coloca entre los países que tenemos más celulares per cápita en el área. Todo esto ha sido posible gracias a la privatización que, en su momento, realizó el gobierno nacional en 1996. A todos los que critican y resienten que “El Toro” privatizó ese servicio ostentan no uno, sino hasta dos o más celulares. Y todavía así pregonan que fue un error llevarnos a ser los penúltimos — antes que Haití — en entrar en la era celular.

En mi familia, que de por sí es bien auténtica y particular, por no decir folklórica, hasta mi madre “chatea” (y tiene 84 años) así que tenemos una banda ancha entre los hijos y sobrinos que es impresionante.
Hace unos años mi madre estaba de viaje por Europa con mi sobrina Melissa. Le robaron la cartera en España y yo me enteré porque mi hija, que vive en Montreal, chateó con Melissa desde Madrid y entonces ella me llamó a El Valle, donde pasaba las fiestas patrias y mi hermano estaba en Coronado, así que le avisé por celular. En otra ocasión, mi sobrina Laura perdió el avión en Monterrey. Su madre, mi hermana, no se había enterado, pero mi hija me lo dijo por chat, porque Laura se lo escribió a ella por ese medio. Y yo, entonces, tuve que llamar a mi hermana, que estaba en el supermercado, para avisarle. También la llamé al celular.

Tengo otra hermana que vive en Indonesia y siempre nos conectamos al final del día mío (y principios del de ella). Muchas veces tengo que avisarle al resto de la familia cualquier dato que intercambiamos ella y yo. Como que suelten el teléfono, porque ella está llamando o me manda la última foto de su hijo y yo la circulo entre mis hermanos y sobrinos. No hay manera de que se escape nadie de esta globalización.

He dispuesto estar invisible en msn, facebook y gmail. Si no lo hago me abomban con toda clase de mensajes y propuestas, de todas partes del mundo. Como si yo estuviera buscando conversa por el simple hecho de ingresar a estos programas. Pareciera que algunas personas estuvieran atisbando, porque no tienen nada que hacer.

Como yo no tengo ni iPhone ni Blackberry, sigo los métodos convencionales de conectarme para revisar mis mensajes. Pero si quiero algo me las ingenio para conseguirlo, hasta debajo de las piedras, como dirían los políticos.

Y sobre ese tópico, que debe tener a todo el mundo de vuelta y media, desde mi punto de vista el pasado debate presidencial fue un desastre, una cadena de consignas y actitudes burlescas que se parecía a la cadena de frío que proclamaba uno de los participantes. Pero lo peor fue el desmedido protagonismo que algunos de los interrogadores quisieron abrogarse. Demasiados para mi gusto. No sé a quién se le ocurrió esa ñamería, pero logró poner al país a ver un espectáculo deplorable y que fue un insulto a los pocos que aún tenemos inteligencia y criterio con valores.

Pero si vamos a las entrevistas, una de lujo fue la que Álvaro Alvarado y su trío de analistas — incluyo al Casimiro en ese grupo — le hizo al presidente Pérez Balladares el domingo pasado. “El Toro” se dio el lujo de darle hasta con la suela del zapato a todo el mundo, pero con una elegancia que no dejó dudas de que con él se rompió el molde. Como dice la nueva campaña publicitaria de un banco de la localidad, “lo volvería a elegir”.

El olor a rosas invisibles

portada_olor_a_rosas_invisibles1 Laura Restrepo, la escritora colombiana que ganó el premio Alfaguara en 2004 con su novela Delirio, tiene una obrita que se lee en un santiamén, titulada Olor a Rosas Invisibles, que ahora ha sido reeditada en una edición bilingüe, y también en formato que parece un audio libro. El libro fue publicado originalmente en el 2002 y más recientemente en una portada atractiva y de tapa dura. A mí me tocó tropezarme con la que tiene su parte en inglés en el aeropuerto de Miami y la disfruté enormemente.

Entre los libros destacados de esta autora colombiana, que participó en su oportunidad en las negociaciones de paz entre el gobierno de su país y el grupo guerrillero M-19 están Historia de un Entusiasmo (un relato casi periodístico de las entrañas de la guerra de guerrillas, que primero se llamó Historia de una Traición y le valió el tener que exilarse de su país), La Isla de la Pasión, Leopardo al Sol y Dulce Compañía. Con éste último libro Laura Restrepo recibió el premio Sor Juana Inés de la Cruz de novela escrita por mujeres, que se otorga anualmente en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Prix France Culture, premio de la crítica francesa a la mejor novela extranjera publicada en Francia. Su trama es el choque de una mujer de ciudad, pragmática, con la realidad del submundo de los barrios más pobres, con su alta incidencia de supersticiones y poco nivel educativo. Su libro La Novia Oscura, publicado en 1999, mereció de parte de su paisano Gabriel García Márquez el aplauso de ser “una singular amalgama entre la investigación periodística y la creación literaria”. Su autora se refleja como fascinada por un mundo y unos seres y sus circunstancias, entendiendo como fascinación el acto de escuchar a personas dotados de una extraordinaria capacidad de contar sus tragedias sin patetismo y su arrobamiento por un país verde, verde selva, verde que encandila, con un río Magdalena por el que uno se desliza desde su nacimiento hasta su desembocadura. Laura Restrepo se consolida en esta obra como una gran narradora. De ella escribió Isabel Allende, la famosa escritora chilena que “Amor, lujuria, desesperación, orgullo, violencia, magia y esperanza irracional le dan profundidad y textura a esta novela que uno puede parar de leer”.

Actualmente Laura Restrepo es profesora de la Universidad de Cornell, en el estado de Nueva York, y sus los libros han sido traducidos a más de doce idiomas. Olor a Rosas Invisibles es apenas un suspiro refrescante en medio de la jungla de libros sobre los sicarios y las meretrices que dirigen los negocios prostibularios pre pago que tan bien se han establecido en Colombia, se lee de un tirón y aporta la reafirmación de los grandes valores al ser humano.

Es la historia de un exitoso empresario con una vida establecida, esposa, hijos y nietos, que en su recuerdo tiene el noviazgo adolescente que tuvo con una chilena con la que compartió momentos inolvidables en el continente europeo. Su comunicación a través de los años fue apenas formal, de intercambiar saludos anuales, pero cuando la señora en cuestión enviuda, busca reencontrarse con su antiguo amante en este lado del mundo.

Tal como dice la presentación del libro, es una historia de amor como tantas otras, de las que reafirman que donde hubo fuego cenizas quedan. Pero también es una exploración del lado masculino del adulterio. Sin querer entrar en la trama o el desenlace del libro, porque lo que intento con estos comentarios es incitar a mis lectores a buscarlo y leerlo, su historia me retrotrae a un libro de Walter Riso, el famoso psicólogo clínico que tiene montones de seguidores en todas partes del mundo. La Fidelidad es mucho más que amor (jugando con fuego) es el título, y hago referencia a él porque de manera estadística, los hombres son mucho más propensos a la infidelidad que las mujeres.

En la historia de Laura Restrepo, las rosas invisibles son el recuerdo de una pasión que fue, pero que al final, igual que en la mayoría de los casos, al ídolo se le convirtieron los pies en barro. El tiempo y la distancia tienden a mantener casi en alcanfor los recuerdos de una relación feliz y qué bueno que así sea, pero que no repita ni se materialice. Nadie está exento de experimentar una atracción inesperada, que ponga a tambalear su relación de pareja, especialmente si no lo está buscando o no tiene vocación de infiel (ver la película “Simplemente no te quiere”). El protagonista del libro va persiguiendo un recuerdo que ya no es y regresa a su área de confort de donde siente que nunca debió haber salido, al son del Adagio de Tomasso Albinoni.

Historia de amor y de costumbre, de la realidad que conduce a las praderas de la vejez. Vale la pena este librito que puede servir de regalo para aquellas personas que viven a diario lo que se dice como una verdad de a puño, que “el hombre es un animal de costumbre” y por otro lado, que los límites de las aventuras a veces no tienen ni edad ni segregan a quienes las experimentan.

El grillo en la pantalla

El jueves 12 de marzo recién pasado fui invitada por mi gran amiga Alma Montenegro de Fletcher a un programa que tiene la Secretaría que ella dirige en el Servicio Estatal de Televisión, Canal 11. Además de Alma participamos Maribel Cornejo, el conductor del mismo, Fernando Martínez y la que escribe este artículo. El espacio televisivo se llama precisamente como titulo esta nota.
Me gustó mucho participar en ese programa, sobre todo con dos damas tan educadas y competentes, y ni decir de Fernando. El tema era Corrupción, Ética e Institucionalidad. Tocamos la crisis de valores que ha secuestrado a todos los niveles la sociedad panameña y el papel que los medios de comunicación están jugando actualmente. La galopante pérdida de credibilidad que está experimentando la clase política, aupada por ciertos medios de comunicación, que tienen en su agenda el ir erosionando la institucionalidad para su propio beneficio.
El tema que no se quiso tocar de frente, porque no era la tónica del programa, fue que la realidad panameña está siendo conducida, por control remoto, por un delincuente recluido en una cárcel de alta seguridad en Colombia que, aunque no ha sido juzgado — y tiene el beneficio de la presunción de inocencia — ha causado estragos, tanto económicos como morales, en su país de origen y en éste. Y la explotación de sus declaraciones se ha convertido en el caballito de batalla que han encontrado un par de medios de comunicación para continuar en su guerra de ratings y los improvisados y contagiados políticos para atacar la institucionalidad del país y, sobre todo, inclinar la balanza de las preferencias electorales.
Por lo denso del tema y la profundidad de los conceptos tratados, el tiempo fue corto. La participación de los televidentes fue interesantísima, especialmente porque dado el nivel de los mismos, se notaba que era de gente pensante, preocupada por el destino de nuestro país y por los precarios mensajes que se reciben a través de la televisión y los periódicos, especialmente.
Me llamó mucho la atención la intervención de un joven estudiante de La Salle, que se manifestó preocupado por la forma en que el caso Murcia está condicionando las decisiones en la campaña electoral y conduciendo el debate político. Otra participación, de un ejecutivo de empresa transnacional, cuestionaba los mensajes publicitarios. Yo le señalé que los mismos no se transmiten a menos que el cliente lo autorice, por lo que es la moral del anunciante la que se tiene que cuestionar no la de las agencias o creativos. Claro que el nivel de los mismos cada día es peor.
Interesante manera de abordar un problema que nos tiene a todos muy preocupados, desvelados y cada vez más convencidos de lo peligroso de las percepciones versus la realidad. Vale recordar que hace unos años, cuando estuvo activa la Comisión de la Verdad y la estadounidense Sandy Anderson vino con su perro Eagle, que rastreaba restos de seres humanos, después se reveló que los huesos eran sembrados por la dueña del perro y por tal razón tanto ella como el can fueron condenados.
Extrapolemos esa experiencia con lo que estamos viviendo ahora mismo y saquemos nuestras propias conclusiones sobre quién es el perro y quién o quiénes el (los) que siembra (n) lo que se difunde con tanta preponderancia e irresponsabilidad.

Las mujeres de Venus

El libro “Los Hombres son de Marte, las mujeres son de Venus” causó revuelo desde su primera publicación, a principios de la década de los ’90 y alrededor de esa teoría, se ha tejido toda una doctrina en cómo lidiar las relaciones entre un hombre y una mujer. Su autor, John Gray, es un psicólogo egresado de la Universidad de Columbia y considerado un experto en relaciones y conceptos de género. Con este título, se creó una verdadera demencia en los libros de autoayuda, que según las estadísticas, son los que más se venden tanto en Panamá como en otros países del área. A partir de allí, el Phd no ha dejado de publicar versiones emocionales de cómo lidiar con los martes y las venuses, con títulos tales como “en la recámara”, “juntos para siempre”, “enamorados”, “en una cita”, “comenzando otra vez”, “Milagros prácticos” y hasta “dietas”. Todo eso sin contar con los variados “gimmicks” que se han hecho en torno al tema, como calendarios, agendas y demás.

En 1999 Amanda Newman publicó “Las Mujeres son de Venus, los Hombres son del Infierno”, un compendio de frases que resumen la diferencia de género, como por ejemplo: “¿Por qué los perros son mejores que los hombres?: Los perros entienden lo que significa “no” (anónimo). O “Todos los hombres descartados deberían tener una segunda oportunidad, pero con otra persona”, a decir de Mae West. Tiene varias secciones y la que más me gusta es “Las mujeres son más listas, porque tienen que serlo”.

Todo esto a propósito que hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y toda la parafernalia que se teje alrededor de este evento, cuando todos los días deberían ser los días de la mujer, como deberían ser los días de los padres y las madres responsables, de los abuelos, del ambiente, etc. Debería adoptarse como un modo de vida, no solamente celebrarlo cuando lo dicte el calendario, sino practicarlo en las ejecutorias y en las actitudes que se dan a diario.

Actualmente nos encontramos en un fuego cruzado entre dos candidatos a presidente de Panamá, de diferente género, pero con ejecutorias marcadas en sus campos de accionar. Una mujer cuyo ascenso en la política le ha dado un lugar en la historia del país, sin haber estado casada con un ex presidente y con severos cuestionamientos por un pasado que, en su momento, le obligó a asumir posiciones que hoy día no son vistas “políticamente correctas”. Otro candidato que no propone nada, todo lo toma a relajo y hace de cualquier cosa un circo, saltando de colchón en colchón, irrespetando a todos los que nos consideramos tener algún grado de inteligencia e integridad para no sumarnos a la tirria que permea la campaña al borde de las elecciones de mayo.

Por tal razón, en este Día Internacional de la Mujer , no quiero demandar trato igualitario, porque eso nos lo ganamos a pulso, sin que existan cuotas; no exigimos mejores salarios ni equiparación, porque no solamente nos lo merecemos, sino que nos tienen que pagar más, porque trabajamos más, gastamos más en vestidos, peluquería y ejercicios y llevamos tres o cuatro labores a diario: ama de casa, madre, ejecutiva y esposa. Y no aceptamos que nos denigren por nuestros supuestos cambios de temperamento, que les llaman alteraciones hormonales o histerias, cuando los hombres no tienen ni voluntad para precisamente, controlar esas alteraciones cuando les ocurren a ellos.

Que vivan las mujeres asertivas, orientadas a sus objetivos y que no se dejan manipular por el sometimiento de género y mucho menos, por las otras mujeres que creen que con atributos físicos (muchas veces implantados) pueden superar lo que tenemos en la cabeza.

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Judith Anguizola, Adriana Méndez y yo en Montreal. Judith es la abuela paterna de Adriana y yo su madre. Mujeres que somos de Venus y de algo más

La resaca del Carnaval

Caricatura que me hicieron en 1999 cuando mandé a suspender el programa La Cáscara
Caricatura que me hicieron en 1999 cuando mandé a suspender el programa La Cáscara
Los estragos que causó esta fiesta que se toma tan en serio en nuestro país fueron a todos los niveles. Me cuentan que a pesar de que en la ciudad se sintió la presencia de la policía y los mismos residentes del área afectada por la ruta (entre los que me cuento como damnificada), la premura en contratar orquestas y grupos por la tardanza en organizar una junta de Carnaval como Dios manda lo que ofreció fueron eventos improvisados, aburridos y anticuados. Como he repetido y escrito en ocasiones anteriores, para hacer un carnaval en la ciudad, igual que lo hacen en los pueblos del interior, donde son muy particulares, se necesita tiempo, planificación y compromiso, y no precisamente asesores por dos semanas que cobren sumas astronómicas, como ha empezado a circular que se le han pagado a un par de allegados a la precipitada junta que tuvo en sus manos la organización de éste que paso, que ni sé cómo se llamó.

En las carreteras también se sintió mucho control de parte de los uniformados, lo que no impidió, sin embargo, que se registraran lamentables accidentes. No soy muy amante de seguir los eventos en la televisión —a excepción de los políticos— por lo que no ví la demencia de Las Tablas, la saltadera de los colchones ni los latazos en Penonomé.
Algo sí me quedó claro: cuando las pasiones se sobreexcitan y hay descontrol, cualquier cosa puede pasar. Hace 10 años, previo a los carnavales, les pedí a los productores de La Cáscara y Calle 13 que no perdieran la cordura, que no se dejaran llevar por las emociones. No lo hicieron y el resultado fue una sanción, que me impugnaron, pero senté el precedente. Me hicieron una caricatura donde aparezco resbalándome en una cáscara de guineo que conservo en un lugar destacado de mi despacho.

La telenovela de Murcia no dejó de mantenerme en suspenso y por falta de curiosidad no me metí en la página web del canal que tuvo la exclusividad de entrevistar al apresado ángel de las pirámides, que tantos estragos ha causado tanto en su país natal, Colombia, como en el nuestro. Lo que siguió fue el debate de los noticieros reproduciendo no solo los capítulos de la inacabada serie, sino las aseveraciones de algunos políticos de que tal y cual campaña estaban financiadas con fondos de ese dudoso dinero. Es lamentable que la guerra de los ratings haga mano de tan pobres argumentos y la atención se enfoque en a quién le abrió la puerta o qué opinó ese despreciable individuo.

Sin entrar en honduras, colchones o latas, hay que advertir que los ejemplos que vemos a diario, tanto de los políticos como de los medios de comunicación llevan a la conclusión de que es deprimente, deplorable y poco alentador que no se quiera elevar el nivel ni del debate ni de los mensajes.

Todos queremos que nuestros hijos vivan en un país mejor, que estudien y se preparen para un mundo competitivo, que no se consigue a punta de saltos dementes en colchones ni por medio de cuñas publicitarias que desacreditan en vez de orientar. Un mensaje como el decir que “naiden” (refiriéndose a nadie) se queja de los precios de tal o cual supermercado lo que hace es que nuestra juventud retroceda en términos culturales. Como leí recientemente de Edmund Burke, escritor y político irlandés del siglo 18: “lo único que necesita el mal para triunfar, es que los hombres buenos no hagan nada”. Yo añadiría, aunque se infiere, que las mujeres no hagamos nada.

La Vida De Jane Fonda, Hasta Ahora

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En el año 2005 fue publicado el libro titulado My Life So Far, de la actriz, activista y mujer de convicciones muy profundas, Jane Fonda. Estuvo en mi biblioteca su buen par de años hasta que a fines del año pasado emprendí su lectura. Jane Fonda cumplió 71 años en diciembre de 2008 y se aprestó a escribir estas memorias cuando se acercaba a los 60. Consideraba que entraría a la tercera etapa de su vida y que dadas sus vivencias, era obligante compartirlas con muchas personas.

Creo que todo el que lea este artículo tendrá una idea de quién es esta famosa actriz: hija de un ícono de la industria del teatro y cine, Henry Fonda, hermana de un rocambolesco actor llamado Peter y casada en tres ocasiones con otros famosos como Roger Vadim, el director francés que también fue marido de Briggite Bardot y Catherine Deneuve; Tom Hyden, político contestatario y finalmente con Ted Turner, el magnate de las telecomunicaciones.

Jane Fonda proviene de una aristocrática familia, cuya madre se suicidó y fue criada entre madrastras, institutrices y tías, además de asistir a los mejores colegios donde iban las chicas de sociedad. Acepta que quiso escribir el libro de sus memorias en parte para hacer una catarsis de lo que había sido su vida, hasta ahora, y para sanar sus heridas y seguir dando ejemplos.

Su infancia fue un vaivén de sentimientos encontrados, de complacencias a un padre idolatrado y dicharachero, al tiempo que indiferente y duro con su familia. Su madre, de carácter más bien débil, entró en grandes depresiones que la mantuvieron internada en centros psiquiátricos, para finalmente, al primer descuido, cometer suicidio. Jane y su hermano Peter supieron mucho después la verdadera razón de la causa de la muerte de su madre, lo que les creó sentimientos encontrados a lo largo de sus vidas.

Sus vivencias al lado de Roger Vadim, quien la lanza a la fama con Barbarella y la convierte en un símbolo sexual, tampoco fue un jardín de rosas. Confiesa en el libro la obsesión que tenía su marido en tener sexo de a tres y de alguna manera, desgarra con sus relatos lo penoso que era aceptar eso en su momento. Una señora le escribió que gracias a esa confesión, pudo salvar su matrimonio, porque su marido también era proclive a esas desviaciones. Yo había leído las memorias de Vadim tituladas Bardot, Deneuve y Fonda y había escrito y publicado, en 1987, una reseña sobre ese libro, considerando que el llamado en su época el enfant terrible, a la que más había querido era a Jane. Pero hubo otras mujeres en su vida, muchas, todas las cuales coinciden en su funeral y después, se van juntas a intercambiar anécdotas sobre las particularidades que vivieron junto a él.

Jane Fonda tuvo una hija con Roger Vadim, Vanessa, que hoy tiene dos hijos. A su vuelta a los Estados Unidos se involucra y compromete cada vez más con los Black Panthers y la oposición a la guerra de Vietnam. Llega a viajar a ese país en conflicto y para ello le levantan sendos expedientes en la era Nixon, los que detalla en el libro con acuciosidad. En ese mundo anti establishment y político se involucra con su segundo marido, Tom Hyden, un brillante demócrata que empezaba su carrera pública. Fueron años de militancia y gran exposición en una era tumultuosa por los graves problemas que enfrentaba el gobierno de los Estados Unidos. No deja de actuar y su filmografía suma más de 40 filmes, algunos tan renombrados como “On Golden Pond”, junto a su padre y la legendaria Katherine Hepburn; Gringo Viejo, con Gregory Peck y Julia, con Vanessa Redgrave. De hecho, On Golden Pond fue producida y dirigida por ella en homenaje a su adorado mentor y progenitor y por esa actuación, Henry Fonda obtuvo finalmente el reconocimiento de la Academia de Artes, mejor conocidos sus premios como los Óscares, de los cuales ella ya tenía dos (por Coming Home y Klute) y varias nominaciones. Debido a su avanzada edad, el veterano actor no pudo asistir a la ceremonia y le tocó a su hija recibirlo. Henry Fonda murió cinco meses después.

Sus amigos son actores memorables, como Robert Redford, Jack Nicholson, Simone Signoret e Yves Montand, Warren Beatty, Robert De Niro, entre otros y todos, en algún momento de su vida, fueron importantes para las decisiones que tuvo que tomar. Fue cuestionada por su militancia, tildada de comunista, contestataria en sus actuaciones y aún así, siguió siendo exitosa tanto en el cine como en la empresa que emprendiera.

En una de esas vueltas, se le ocurrió incursionar en el tema del “fitness” como se le conoce a la disciplina de hacer ejercicios, y su producción tanto de videos como de sitios donde se hacían los mismos fue tan exitosa que la consagró como un gurú en ese aspecto. A pesar de ser bulímica confesa desde pequeña, a sus setenta años es una mujer que se mantiene envidiablemente y hoy día promociona cremas faciales con singular éxito.

Pasó por manos de un cirujano para colocarse implantes en los senos, lo que reversó después porque se sentía que le habían cercenado el cuerpo. El inicio de su relación con Ted Turner es de morirse de risa, por la evidente confusión que este señor tiene del poder (en su tiempo, era el dueño de CNN, cuando empezaba y era tan anodino que le decían Chicken Noodle News). La intensidad de su vida se ve reflejada en el vacío que le producía tener 21 casas y no disfrutar de ninguna, comprar la ropa interior por docenas y la perplejidad de la dependienta que le preguntó si llevaba todo eso para regalos. Finalmente se divorcia y deja una vida llena de glamour y estrellato, pero sigue activa, gracias al apoyo económico que le brinda Turner mediante una fundación para ayudar a las madres adolescentes solteras y con el apoyo, tanto de sus hijos Vanessa y Troy (que tuvo con Tom Hyden), como de los cinco de Turner.

El libro es un sendo volumen de 600 páginas, en inglés (no sé si se habrá traducido al español), pero que vale la pena leer con fruición y aprender de cada ejemplo que nos da esta mujer inteligente, brillante, asertiva, con principios sólidos y convicciones aún más, que no rehúsa decir la verdad ni adornarla, intensa y absolutamente comprometida.