Seguimiento a los huecos

Hace ya un año que escribo esta columna dominical para La Estrella de Panamá y muchas han sido las satisfacciones y pocos los sinsabores. En febrero le dediqué tres sendos artículos a la Junta de Carnaval, por la pésima organización de esos eventos. Ahora resulta que la misma está en acefalía, sin rendir cuentas de los carnavales anteriores, como si costaran dos reales.

Siempre la he emprendido con causas justas, por lo menos a mis ojos, sin ser visceral y tratando de mantener la ecuanimidad y la objetividad, pese a mis preferencias políticas. No ha sido fácil. He recibido mensajes amenazantes y hasta acusaciones. Pero de todo hay en la viña del Señor, y esos comentarios no me quitan el sueño.

Me anticipé a la salida del Dr. Oscar Ávila del PRD, partido con el cual había sido un eterno candidato cuando escribí sobre el transfugismo. Esta movida se dio justo el día que el alcalde (a quién él apoyó en las primarias) aceptó la designación de vicepresidente en el ticket de la candidata del partido oficialista. Me imagino cómo se sentirá el distinguido galeno: queriendo dispararse un tiro en el pie.

De mi último artículo, que exhortaba a los habitantes de la ciudad capital a adoptar un hueco, reproduzco algunos comentarios que he recibido: “Uno limpia su casa antes de recibir visitantes. Hasta ahora éramos la envidia de Costa Rica por nuestras calles… me imagino que se estarán riendo ahora”.

“La Interamericana está llena de huecos. Curiosamente, están reparando un tramo de 300 metros cerca de Capira. Hace unas semanas arreglaron un paño, y se transitaba por un solo lado y no me parece que estaba tan malo. Ahora, ese paño no tan malo lo están reparando todo. ¿Por qué será que siempre arreglan lo que no está tan mal y lo que está mal no lo arreglan? En vez de arreglar ese tramo de 300 metros, hubieran podido remendar todos los huecos de la Autopista hasta Farallón”.

“Cuando uno va de Multiplaza para cruzar la Calle 50, hay un quiebre violento, parece increíble que en un área tan transitada y “exclusiva” tengamos este tipos de hundimientos”.

“¿Será que en Panamá los ministros de Obras Públicas no transitan por nuestras calles y no se enteran qué tan mal están las calles? Sin embargo, sí tienen tiempo para planear túneles de 800 metros de largo que pasan debajo del Casco Viejo, extensiones de Cintas Costeras de cientos de millones de dólares”.

“Hay que crear la Medalla del Hueco. Y esa medalla debe ser otorgada en grado de Gran huecón (sin comentarios) al flamante ministro del ramo. La misma debe ser con una cinta llena de huecos y de donde cuelgue un aro con un hueco en el centro”.

“Las calles de Panamá (todas) son un pergamino a la incapacidad al mayor grado. Las calles son una “porquería”, pero nosotros, los ciudadanos de este país ya no somos congos, como dice Pedrito, sino idiotas que aguantamos esto”.

“La falta de infraestructuras y de mantenimiento adecuado de las existentes está poniendo en peligro el desarrollo económico futuro del país. Cada vez es más abierta la crítica de inversores extranjeros a nuestra miopía, que se está constituyendo en un verdadero obstáculo al desarrollo. Los insoportables “tranques” viales son expresión de ese abandono. Ojalá se haga algo y pronto, pues se trata de inversiones a largo plazo”.

Y como ya me pasé de las 530 palabras que, como una camisa de fuerza, me ponen en esta columna, hasta la próxima.

Adopta tu hueco

Muchos recordarán la campaña que en su momento realizó la Fundación Ancón que se denominaba “Adopta tu hectárea”. Nadie sabe qué resultado tuvo, pero caló el mensaje (como buen mercadeo) y posteriormente hasta llegamos a sugerir en campañas políticas “adopta tu candidato”, “adopta tu indígena” y otros por el estilo. Ahora, el Casimiro de Debate Abierto ha sugerido que, en vías de arreglar las carreteras y calles de la ciudad, con tantos baches y un paisaje marciano, que cada uno adopte su hueco y rellene el cráter que adorna el frente de su casa con su mezcla de cemento a su costo y, por ende, lo adopta. Yo tendría muchos beneficios fiscales de adoptar todos los huecos frente al edificio donde vivo: en medio de El Cangrejo hay huecos insalvables que dañan todos los ejes de los autos.

Eso me retrotrae a lo que he estado escribiendo anteriormente de las calles de la ciudad y de la carretera al interior. La autopista (por lo menos así se llama) de Panamá a La Chorrera revienta cualquier escape (y bolsillo). Aquellos que invierten virtuales fortunas en Maserattis, Lamborghinis, Ferraris y otros autos costosos deben sentir cada hueco como una puñalada. Las autopistas europeas son prácticamente una sábana de seda. Para esas carreteras están hechos los autos “fashion”, no para la lamentable situación que presentan nuestras autopistas. La Autoridad de Turismo de Panamá (ATP) ha invertido ingentes recursos en promover Panamá en el exterior. Entiendo que en fechas recientes el país ha estado presente en muchas ciudades europeas, participando en ferias turísticas y los mensajes del ministro Blades se han dejado sentir en todos los medios de comunicación y calado, son afables, cálidos y creíbles. Pero llegar a Panamá, enfrascarse en el demencial tráfico, caer en todos los cráteres que hay en sus calles, salir hacia el interior, donde supuestamente están los destinos turísticos más apetecibles es una verdadera pesadilla. Para llegar a los desarrollos de Panamá Oeste, léanse Gorgona, Coronado (las calles de esa urbanización son aterradoras, pero eso es culpa de sus dueños), Playa Blanca, Vista Mar, Santa Clara y los que están a lo largo de la Interamericana (que además cobra peaje) hay que vivir una virtual tortura. Entonces, ¿de qué vale la promoción si no se provee la infraestructura adecuada para que de verdad las sonrisas sean gratis y el país se quede en ti?

Viene aquí a propósito la historia de qué es primero, el huevo o la gallina, o si se ponen primero los bueyes o la carreta. Cuando se decidió posicionar a Panamá como destino turístico se debió tener las consideraciones pertinentes para proveerlo de la infraestructura cónsona con el desarrollo que se intenta conseguir. Una visión de futuro con una agenda de proyecto de país, previendo que si no hay suficientes habitaciones de hotel, si no hay medios de transporte para agilizar los traslados (un tren hacia el interior, por ejemplo) y si no hay una actitud de servicio de parte de nuestros coterráneos, no sirven de nada las campañas publicitarias internacionales. Todo eso debe ir amarrado de campañas de capacitación, mentalidades de ejecución y visiones a largo plazo. Por lo pronto, pongámosno en la tarea de inventariar los huecos frente a nuestras casas, a ver si ayudamos a que la ciudad, al menos, no se siga deteriorando mientras se termina la cinta costera u otras infraestructuras que mantienen ocupados a las autoridades. Y se envían a Casimiro, en Debate Abierto.

De vuelta al amor

angela-becerrade-los-amores-negados2el-penaltimo-sueao1lo-que-le-falta-al-tiempo1de-los-amores-negados3Reseña una autora con magnífico uso del lenguaje literario y su visión abismalmente femenina. A pesar de escenificar sus relatos en ciudades europeas, la autora siempre mantiene un vínculo con su país natal, Colombia, y da gusto las referencias que hace, con lujo de detalles, sobre la vida en ciudades colombianas, sobre recetas y hábitos ancestrales…

La autora colombiana, Ángela Becerra, ha publicado desde 2003 tres novelas que estremecen los más hondos sentidos del corazón y las hormonas y, a través de ellas, institucionaliza el idealismo mágico, como la han catalogado sus críticos. Sus títulos, además de seductores, son un canto al amor: De los Amores Negados, Lo que le Falta al Tiempo y El Penúltimo Sueño.

Anteriormente, había publicado libros de poemas, con singular éxito. Pero sus novelas son arrebatadoras, cautivantes y magistralmente escritas. La primera, De los Amores Negados, ganó el Latino Literary Award 2004. El Penúltimo Sueño, publicado en el 2005, obtuvo el premio Azorín, en España, y posteriormente, Lo que le Falta al tiempo, en el 2007, fue exitosamentepublicado por la prestigiosa Editorial Planeta.

Becerra es una escritora consumada relativamente joven. Tiene 50 años y dejó una exitosa carrera de publicista que le demandó ser directora creativa para dedicarse a su pasión oculta, la literatura. Dos de sus libros se recrean en la Barcelona eterna, la de Gaudí y el otro en Montparnasse, sitio mágico y
artístico de París, la ciudad eterna.

Confieso que llegué a ella por lo seductor del título del libro De los Amores Negados. No tenía referencias de su pluma y como Villegas Editores tiene una distribución un poco errática en nuestro país, no tiene presencia constante en los puntos de venta. Quedé tan fascinada con la redacción de esa novela, el magnífico uso del lenguaje literario y su visión abismalmente femenina, que me la he pasado buscando sus libros por donde estén. En este libro se combinan el amor y el desamor, la costumbre y la pasión, la espiritualidad y la rebeldía. En ese libro se evoca una profunda reflexión sobre el amor. La ficción está llena de símbolos y delata el maravilloso artificio de la idealización del amor. Aunque no define el escenario, es una ciudad portuaria que se fortalece con la presencia del mar, una atmósfera fascinante que propicia las manifestaciones artísticas, la poesía y la escultura. La autora maneja tanto el lenguaje romántico como el erótico de una forma magistral, que rebosa vida, búsqueda, ideales, sueños posibles e imposibles, alegrías y soledades hasta finalmente llegar a lo que todos aspiramos en la vida: encontrarnos a nosotros mismos.

Quizás por el hecho de tener esa vena de publicista, las portadas acompañan lo seductor de sus historias. De Los Amores Negados presenta una paloma roja, El penúltimo sueño un ojo que dentro de su iris representa un reloj, y Lo que le Falta al tiempo es una bella toma de unos pies de mujer inmaculadamente cuidados, con una punzada en el dedo gordo y una mancha de sangre sobre una sábana impecablemente blanca.

A pesar de escenificar sus relatos en ciudades europeas, la autora siempre mantiene un vínculo con su país natal, Colombia, y dan gusto las referencias que hace, con lujo de detalles, sobre la vida en ciudades colombianas, sobre recetas y habitos ancestrales, especialmente porque son en épocas pasadas.

Se tejen historias de amor de la manera más inusual, reiterando que las coincidencias no existen, que en la vida el destino siempre te busca y te encuentra, aunque sea tarde. Esa es la trama fascinante de su segunda novela, que no se disfruta, sino que se bebe con fruición y se relee con anotaciones de los embriagadores diálogos que la autora pone en la boca de sus personajes, casi siempre una pareja con un amor imposible o con miles de impedimentos para consumarlo.

En Lo que le Falta al tiempo, el escenario es París y su emblemático Barrio Latino, donde se cuecen pasiones insospechadas y la razón es reemplazada por la obsesión, a costo de develar la muy común dualidad humana. Es desbordante en pasión, inocencia y lujuria, lo material y lo espiritual, la tranquilidad y la inquietud, en un imparable torbellino de emociones y sentimientos que no nos separa de su lectura, cuyas páginas se beben como si fuera lo último que leyéramos.

Sus libros han sido traducidos a más de 16 idiomas, han roto récords de impresión y han causado conmoción entre los admiradores del romanticismo, entre los que me cuento irremediablemente.

Pavadas

Como la semana pasada hablé de pavos, se me pasaron algunas holgazanerías en la que invierten las personas que no les da por aprovechar el tiempo cuando lo tienen en abundancia.

Por ejemplo, los visitadores médicos. Menos mal que ahora llevan unas maletas con rueditas, porque de lo contrario, sufrirían de lumbago o ciática, cargando esas muestras médicas. Me acordé que los dejé por fuera entre los profesionales que tienen mucho tiempo para leer o para perfeccionarse en un arte (sudoku, solitario o chat). En esos ratos de espera, hasta un diplomado en escritura hubiera sacado, o por lo menos, me sabría toda la vida de la realeza, leyendo Hola.

La verdad es que me la paso evadiendo el tema tan caótico que nos tiene los pelos de punta, en cuanto a la política criolla y también la internacional.

La elección de Barack Obama me tiene perpleja, no sólo por representar un hito en la historia de los Estados Unidos que un hombre negro llegue a la Casa Blanca, sino por el nivel de aceptación que ha tenido entre los votantes estadounidenses, para quienes, lo admito, los ocho años de Bushito han sido catastróficos. Y no solamente para ellos, para el resto del mundo. No he sido muy perseverante en el seguimiento de esa campaña, suficiente tengo con tratar de entender el zambapalo que hay en Panamá, pero siento una gran curiosidad por saber cómo Obama va a arreglar la economía mundial.

También trato de entender los extremos y exabruptos que se están dando a diario en la política local, pero cuando este artículo vea la luz los knockouts de esta semana serán periódico de ayer. Y habrá otra ponchera de por medio. Así que mejor es mirar las cosas sobre la marcha, sin enredarme tanto la mente.

He sido una fanática del radio, he hecho programas de radio y creo que es un medio subutilizado, con gran penetración. Lo escucho todo el día, desde el programa de Mayín Correa, pasando por el del cambio (habría que mandar a la conductora no solamente a cursos de geografía, sino a un “starting school”), el de vamos a ganar, el Manantial de la Salud, Tres Patines, que no deja de divertirme y el nunca bien ponderado y cómico Domplín.

Trato de evadir Haciendo Radio, porque me desespera la arrogancia del Profesor Don Lucho y los análisis políticos del Chombo, pero lo que culmina mi tarde, especialmente los viernes es Sobre Ruedas.

Deberían ponerlo en Internet, como Lo Mejor del Boxeo, especialmente las opiniones políticas. A veces, cuando voy en el auto, escucho la ñamería de Convergencia (y no es de los ñames) y al Dr. Miguel Antonio Bernal.

Lo anterior para felicitar a los periodistas radiales por el Día del Periodista. Cuando tenga más espacio, me encargaré de los televisivos y escritos.

Y para hacer honor al título de este espacio, pavadas es un juego de niños, que se hace sentándose todos en corro con las piernas extendidas, menos uno, que recitando ciertas palabras cuenta sucesivamente los pies hasta llegar al octavo, que hace esconder, y continuando del mismo modo hasta que uno solo quede descubierto, pierde el niño a quien este pertenece. Esto es lo que he hecho yo en este artículo.

Si yo fuera pavo

Pese a ser medio arrepinchosa en cocinar pavo, no me refiero al ave que tradicionalmente comemos en Navidad, Año Nuevo o “Thanksgiving”, sino al asistente del conductor de los “diablos rojos”, que representa una amenaza para nuestra ciudad. Si yo fuera pavo, trataría de ser amable con los pasajeros, les instruiría sobre la ciudad, sería una guía turística, para que el traslado en esas máquinas de la muerte no se haga tan pesado.

Igualmente, si fuera conserje de un edificio, tendría mucho tiempo para leer, para ilustrarme de temas diversos y aprovecharía el estar sentado o parado como un poste en algo productivo, no sólo mirar al infinitum, sino hacerme más educado. Trataría de no fijarme tanto en la vida ajena de los condómines que tengo que atender y mucho menos revelaría sus idas y venidas, sus visitantes y vida privada. Si fuera escolta, o conductor de un PMI (persona muy importante), no me pasaría mirando el techo cuando no tengo nada que hacer (que es la mayor parte del tiempo), sino que leería todos los periódicos, libros y muchas otras publicaciones para estar enterada. Mucho menos sería infidente de las idas y venidas de mi jefe. Si fuera auxiliar de enfermería, también leería mientras atiendo a un paciente, que generalmente está dormido. Cuando he tenido intervenciones quirúrgicas las auxiliares que me atendieron caían en un sueño profundo apenas se sentaban en la butaca y empezaban a roncar, a tal punto que yo no podía dormir. Si fuera ama de casa o FM (felizmente mantenida, como la definiría Isabella Santodomingo) sería muy siútica, palabra muy usada en Bolivia y Chile, que significa ser una persona que presume de fina y elegante, o que procura imitar en sus costumbres o modales a las clases más elevadas de la sociedad. Haría ejercicios en la mañana, tomaría el café con mis amigas todos los días en el Deli Gourmet, me recorrería todas las tiendas de los malls y fuera de ellos, y estaría a la moda, no importa si no me sienta. Daría cátedra en cuanto a la vida de los ricos y famosos, viajaría cada vez que suena una lata en una tienda de NY o Miami. Y me metería en la iglesia para luego salir haciendo honor al dicho “a Dios rogando y con el mazo dando”. No me perdería un entierro ni una misa de novenario, o como se dice, entierro de paloma y bautizo de muñeca. Gastaría más gasolina en mis idas y venidas que en viajes al interior. Si fuera AM (asalariada de m…) entonces tendría que levantarme temprano, marcar tarjeta, y trabajar de 8 a 5, aunque no tenga nada que hacer. Manejaría mi casa por control remoto y si tuviera hijos chicos, también las tareas, o saldría como enloquecida a buscar todos los materiales necesarios para que mis hijos cumplieran con sus deberes.

Pero no soy nada de lo anterior. Soy una aficionada al trabajo, o como le dicen en inglés, “workaholic”. No tengo horario y me quedo muchas veces hasta la medianoche dándole al laburo. Escribo, leo, hago Sudoku, atiendo a mis seres queridos, voy a eventos culturales, políticos y diplomáticos, veo noticias desde temprano y las escucho todo el día, me preocupo por mis amistades, cuido a mi perrito, lo paseo y encima, se me ocurren unas ñamerías como hacer un “turkducken”, que es un pavo relleno de pato y éste relleno de pollo. Un proyecto inmenso que culminé durante estos pasados días patrios, que me demandó tanto tiempo que ya me di cuenta que mejor lo hago frito, más fácil y en menos tiempo.

El Día de los Muertos

La muerte es lo único seguro que tenemos en la vida. Nos tiende a intimidar y nos angustia su realidad, especialmente cuando vemos partir a nuestros seres queridos. Pero el tema de la muerte no debe ser tratado como algo a lo que hay que temer, sino aprender de cómo culturas antiguas han recreado la muerte y, por medio de esa recreación, hacen ritos sobre ella y fortalecen su carácter, muchas veces en base al punto de vista religioso, otras desde el punto de vista filosófico.

Los mexicanos tienen una visión muy diferente a lo que nosotros pensamos sobre la muerte y celebran el 2 de noviembre, más que por el hecho de morir, por lo que sigue después de eso. Pues no se puede imaginar cómo es la vida después de la muerte, el inicio de ese camino lo representan por medio de símbolos. La fiesta de los muertos en México está muy relacionada con la cultura azteca, que se regía por el calendario agrícola prehispánico, que tradicionalmente coincidía con el inicio de la cosecha. Representaba el primer banquete después de la temporada de sequía o escasez, y se compartía hasta con los muertos. En la cultura Náhuatl se adopta la muerte como el destino de todos (y de hecho, así es). Los aztecas ofrecían sacrificios a los dioses y éstos en retribución, derramaban luz y lluvia para hacer crecer la vida.

En los altares que se dedican a los muertos se encienden velas de cera, se queman incienso en pebeteros de barro cocido, se colocan imágenes cristianas: un crucifijo y la Virgen de Guadalupe. Se colocan retratos de las personas fallecidas. En platos de barro se colocan los alimentos, los preferidos por los difuntos y platillos de la región. Bebidas alcohólicas (el irremplazable tequila) o vasos con agua, jugos de frutas, panes de muerto adornados con azúcar roja que simula la sangre. Galletas, frutas de horno y dulces hechos con calabaza. Por supuesto, las calaveras son simbólicas. Muchos escritores se han ocupado de estas tradiciones, como Octavio Paz y Carlos Fuentes; también artistas plásticos como José Guadalupe Posada, célebre por sus dibujos y grabados sobre la muerte. El artista era un apasionado del dibujo de caricatura política. Desarrolló nuevas técnicas de impresión a través de su arte, especialmente el grabado en madera (xilografía). Trabajó y fundó periódicos importantes. Consolidó la fiesta del día de los muertos por sus interpretaciones de la vida cotidiana y actitudes del mexicano por medio de calaveras actuando como gente común.

En el México contemporáneo hay un sentimiento especial ante el fenómeno natural que es la muerte y el dolor que produce. La muerte es como un espejo que refleja la forma en que se ha vivido. Cuando la muerte llega, se ilumina la vida. Si carece de sentido, tampoco lo tuvo la vida, “dime cómo mueres y te diré cómo eres”. A la muerte la tratan en forma jocosa e irónica, la llaman “calaca”, “huesuda”, “dentona”, la “flaca”, la “parca”. Al morir le dan definiciones como “petatearse”, “estirar la pata”, “pelarse” o “morirse”.

En ocasión del 2 de noviembre la embajadora de México, Yanerith Morgan, invitó a una exhibición del Día de los Muertos en el Museo del Canal, en honor a María Félix, “La Doña”, esa artista inolvidable que estuvo ligada a dos grandes de la música, Agustín Lara y Jorge Negrete y también al pintor Diego Rivera. En tan inusual aquelarre se dió una suscinta explicación sobre los altares de muertos, y no faltaron las calaveritas de azúcar o papel, esqueletos en forma de piñatas, títeres, caricaturas o historietas. El 2007 se habían dedicado esos altares a la pintora Frida Kahlo, durante el año conmemorativo de su centenario. Más aún, la embajadora nos sorprendió con las siguientes coplas, que enmarcaron la celebración:

Por andar de laboriosas la flaca se las llevó
Panameñas, mexicanas, todas sin dilación,
Anduvieron muy activas para poner el altar
Y la muerte llegaría en el Museo del Canal.

Ya cansadas y bailadas por la fiesta nacional,
La Cultural y las Damas al hoyo fueron a dar
Muy elegante y hermoso, así les quedó el altar
en honor de Maria Félix nuestra Diva sin igual.

Con las chicas del Museo Rodrigo* arribó tenaz
Con puntualidad llegaron, con la lluvia pertinaz
Pero el costo fue muy alto, la promoción cultural
tuvo serias consecuencias, se petatearon fugaz.

Angeles Ramos Baquero** en Cartagena quedó
solo dijo buena suerte la parca se las llevó
yo prefiero desde lejos observar la situación
no sea que por reflejo me lleven hacia el panteón.

Enhorabuena por los intercambios artísticos que nos hacen crecer y educarnos, y recordamos con cariño el paso de nuestros amigos por esta vida, como Ramón Oviero y Raúl Vásquez, recientemente fallecidos y por el recuerdo de los seres que queremos y quisimos, que están siempre presentes en nuestras oraciones y en nuestros pensamientos.

*Rodrigo Mendivil Ocampo, Agregado Cultural de la Embajada de México

**Ángeles Ramos Baquero, directora del Museo del Canal Interocéanico